Fiorela llegó al puente de la Constantina con el aliento entrecortado, no solo por la caminata, sino por el temor de ser descubierta. La figura de Benjamín, recortada contra el atardecer siciliano, la hizo temblar.
—Hola —susurró él. Su voz ya no era la del muchacho del mercado; tenía una profundidad nueva, una autoridad que magnetizaba.
—Hola —contestó ella apenas en un hilo de voz—. Pensé que no vendrías.
—Necesito saber algo, Fiorela. Y no quiero rodeos. ¿Aún sientes por mí lo mismo qu