Benjamín lo había logrado; el único obstáculo que tenía para ser el nuevo jefe ya no estaba. Sonrió y salió de la habitación como si nada, miró a todos lados y se puso el sombrero. Todos lo miraron salir, pero nadie dijo nada. Afuera, un hombre lo esperaba apoyado en un auto y fumando un puro fino.
—¡Muy bien! El señor Raccuzo le envía sus felicitaciones.
—¿Usted me estaba siguiendo acaso? —preguntó Benjamín intrigado.
—Cada uno de sus pasos. ¿Por qué cree que nadie hizo nada cuando salió