Benjamín y Versalles llegaron a Roma y se instalaron en una soberbia mansión, propiedad de Versalles, a las afueras de la ciudad; tenía la arquitectura de un castillo y estaba rodeada por un jardín idílico.
—¿Qué te parece? —preguntó Versalles a Benjamín, apostado con las manos en la cintura y contemplando el paisaje con orgullo.
—Es bellísima, es lo único que puedo decir, señor —contestó él, mientras la palabra "señor" le quemaba la garganta.
—Ven, que una de las empleadas te muestre tu d