Al cruzar el umbral de su casa tras la pelea con Fiorela, Benjamín no encontró refugio, sino un juicio. Su padre lo esperaba de pie, con los puños en jarras y el rostro encendido por una furia que rara vez mostraba.
—¿Es verdad lo que dice la gente? —tronó Efraín antes de que su hijo pudiera cerrar la puerta.
—¿Qué es lo que dicen, papá? —respondió Benjamín con una sequedad cortante.
—¿Es cierto que trabajas para la mafia?
—Sí, así es —soltó él, sin un ápice de remordimiento, como quien