104. La mordida invisible.
Narra Lorena.Su boca baja por mi pecho con un hambre que no intenta disimular.No hay ternura. No hay disculpas. Hay poder, y deseo, y una furia mal disimulada que se mezcla con su respiración caliente sobre mi piel.—Esto que estás haciendo —le susurro, ahogada entre sus labios y sus manos—, no te convierte en el que ganó.—No, muñeca —responde, deslizando los dedos por mi vientre, lento, como si midiera el terreno—. Me convierte en el que volvió a tomar lo que le pertenece.Su mano derecha aprieta mi cadera, mientras la izquierda me sostiene el rostro, obligándome a mirarlo. Sus pupilas son un campo de batalla. Oscuras. Hirientes. Ardientes.—Yo no soy tuya, Ruiz —repito, pero mi voz suena como una mentira dicha al borde del gemido.—No —dice él—. Pero vas a volver a serlo. Aunque sea por esta noche. Aunque sea por las razones equivocadas.Me levanta en brazos con una facilidad que no debería tener alguien que carga tanto pecado en los hombros. Me lleva a la cama. Me deja c
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