104. La mordida invisible.
Narra Lorena.
Su boca baja por mi pecho con un hambre que no intenta disimular.
No hay ternura.
No hay disculpas.
Hay poder, y deseo, y una furia mal disimulada que se mezcla con su respiración caliente sobre mi piel.
—Esto que estás haciendo —le susurro, ahogada entre sus labios y sus manos—, no te convierte en el que ganó.
—No, muñeca —responde, deslizando los dedos por mi vientre, lento, como si midiera el terreno—. Me convierte en el que volvió a tomar lo que le pertenece.
Su mano derec