Fernando no volvió al apartamento esa noche. Caminó por Madrid hasta que las piernas le dolieron de verdad, no por la lesión, sino por el esfuerzo de no derrumbarse. Terminó en un hotel barato cerca de Sol, pagando en efectivo para que nadie lo localizara. Se tumbó en la cama dura, mirando el techo agrietado, las fotos de Valeria y Álex quemándole la retina.No era solo el beso. Era el secreto. Las veces que se habían visto a escondidas. La distancia que había sentido en ella las últimas semanas. Todo encajaba como piezas de un rompecabezas cruel.Se tocó por primera vez en días, pero no con deseo. Con rabia. Imaginando que era ella quien lo traicionaba. Se corrió con un gruñido amargo, odiándose por seguir queriéndola.Valeria, en el apartamento, no durmió. Lloró hasta quedarse sin lágrimas, escribió mensajes que borró, llamó tres veces al móvil de él, que sonaba apagado. Al amanecer, decidió que no podía dejar que esto los destruyera. Tomó una decisión impulsiva: ir al ático. Hablar
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