La Torre Ferré jamás conocía el descanso; su metabolismo financiero, digital y algorítmico latía con la precisión implacable de un reloj suizo, completamente ajeno al desgaste biológico y emocional de quienes habitaban sus interminables plantas. En el piso ochenta y ocho, la atmósfera general era radicalmente distinta a la de los oscuros, opresivos y claustrofóbicos despachos de la antigua mansión del Rey. Las pantallas panorámicas curvas ya no mostraban alertas rojas de insurrección militar ni gráficos tácticos de guerra urbana, sino flujos masivos de capital global, rutas de distribución de energía altamente optimizadas y mapas continentales de influencia corporativa absoluta.Luisa se encontraba de pie, inmóvil frente al inmenso ventanal de cristal blindado y polarizado, sosteniendo entre los dedos una elegante copa de cristal tallado que contenía un licor ámbar de alta graduación que no tenía la menor intención de beber. Su impecable sastre oscuro, de líneas rectas y sobrias, se ha
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