LUISA La decisión no se selló con un decreto, ni con una ovación de esas que te rompen los tímpanos, ni con la firma de un notario que huele a polvo y a conveniencia. Se selló con un silencio. Pero no era un silencio vacío; era uno denso, casi físico, una presión en el aire que te obligaba a tragar saliva para asegurarte de que todavía podías respirar. En la sala del Consejo, aquel lugar que siempre había funcionado como una trituradora de voluntades, el ambiente era irrespirable. Tras la votación simbólica —aquella que nos salvó el pellejo y reconoció, sin decir una palabra de más, el derecho a elegir nuestro propio vínculo—, los Alfas comenzaron a retirarse. Lo hacían con una lentitud calculada, como quien se aleja de una escena de crimen. Algunos no podían ocultar la rabia; sus ojos destilaban veneno, una envidia vieja y podrida. Otros, sin embargo, bajaban la cabeza, incapaces de sostenernos la mirada. Pero hubo otros. Unos pocos. Se detuvieron antes de alcanzar la salida, just
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