La habitación estaba en silencio; la ciudad dormía pacíficamente. El cielo infinito me observaba en calma, desplegando sus millares de estrellas. En el horizonte, la luna, tímida y errante, derramó una lágrima que reposó junto a mí.Sentía una tristeza en el corazón, como un vacío que me carcomía despacio, lento y cruel. Esa noche, mi marido ni siquiera insistió.A la mañana siguiente me dirigí al metro para asistir puntualmente a mi trabajo. No es que me emocionara volver a ese lugar, pero debía mantener una imagen que pesaba más que cualquier indiferencia, incluso más que un tratamiento protocolario dentro de la nobleza.Al llegar a Grupo Olvera, saludé como todos los días. No fue un saludo amable, sino más bien enlatado.—Buenos días, señorita Fer —contestó la señora Lolita—. ¿Quiere que le prepare un café?Le agradecí sinceramente, pero lo rechacé. Ella insistió; supongo que era su forma de mostrar gratitud. Así que le dirigí una mirada tierna.Subimos hasta mi atelier y mientras
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