El vehículo se desplazaba a una velocidad casi irreal y, por primera vez en mi vida, la posibilidad de un accidente dejó de importarme.Una mezcla de emociones contradictorias me oprimía el pecho. Las palabras ensayadas de Olivia se repetían en mi mente con una claridad inquietante, como un eco imposible de silenciar. Aunque mi marido no había mostrado interés en volver con ella, era evidente que la herida seguía abierta.Y eso… me aterraba.Mi celular vibró.Era la tercera vez.Bajé la mirada: una notificación de correo electrónico.—¿Qué pasa? —preguntó Alicia sin apartar la vista del camino.—Es un correo.—¿Y?—Nada.—¿Segura?Dudé un instante.—Alicia… ¿recuerdas la gema?Frunció ligeramente el ceño.—¿El cuento de la misteriosa piedra que solía narrar la madre Asunción?—Sí, ese mismo.Alicia soltó una risa breve, sin rastro de humor.—Es solo un cuento… uno de tantos que repitió durante años.—Parece que no… es real.El vehículo se detuvo de golpe.—¿Qué dijiste? —preguntó, gir
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