Salieron de la comisaria como quien sale de una explosión: aturdidos, ensordecidos, con los oídos llenos de un silencio que no cesaba. Clarissa caminó delante, con las manos en los bolsillos, la mirada fija en el horizonte gris. Lily detrás, con los ojos hinchados, los labios apretados, caminando como un autómata. Mateo las esperaba junto al coche, sin saber aún lo que había ocurrido dentro. Pero algo en el rostro de las dos le dijo que el mundo, apenas unas horas antes ya inestable, se había partido en dos. —Suban —dijo, y no preguntó nada más. El viaje de regreso a la mansión fue mudo. Clarissa se sentó delante, junto a Mateo. Lily se acurrucó en el asiento trasero, abrazándose a sí misma, mirando por la ventanilla sin ver nada. Selene, que había escuchado la confesión entera por el audio, no dijo una palabra por el manos libres. Solo cortó la comunicación con un suspiro que sonó a derrota. Cuando llegaron, Steve los esperaba en la puerta. Su rostro, normalmente impasible, tenía
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