El silencio se hizo carne. Mateo contuvo la respiración. El mar rugió abajo, testigo de piedra de aquella confesión de guerra.Giovanna abrió la caja de caoba.Clarissa no se movió. Mateo sí, instintivamente, poniéndose delante de ella, abriendo los brazos como escudo.—No, mamá. No.—Quítate, Mateo. Esto no es asunto tuyo.—Sí lo es. Porque yo tengo las copias. Si le pegas un tiro a ella, las filtro igual. Y si me pegas a mí, las filtra su abogado. Y si matas al abogado, las filtra el periodista. Y si matas al periodista... bueno, espero que tengas suficientes balas, mamá. Porque esto ya no se detiene con una muerte. Esto se detiene cuando todos los muertos salgan del armario.La mano de Giovanna tembló sobre la Luger. No la sacó. No la guardó. La mantuvo ahí, a medio camino entre la vida y la muerte, como ella misma había estado tantas décadas.—Hijo —dijo, y por primera vez en la noche, su voz se quebró—. Hijo, ¿por qué? Yo te lo di todo. La mejor educación. Los mejores coches. Las
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