Pasaron tres días. El mundo no se acabó. Eso fue lo primero que Clarissa notó al despertar el cuarto día: el sol seguía saliendo, el mar seguía rugiendo, y Bruno Chestifer seguía en una celda, pero el mundo no se había detenido a mirar. La vida, obstinada, seguía su curso.
Pero dentro, en la biblioteca, en el salón, en la cocina, algo distinto estaba ocurriendo.
Estaban construyendo.
Selene había instalado un tablero gigante en la pared del fondo de la biblioteca. En él, con post-it de color