Clarissa no pudo decirlo en voz alta.
Leyó el nombre en la libreta de la periodista, y sus labios se quedaron pegados, como si pronunciarlo fuera a materializarlo, a darle cuerpo y voz y poder. Pasó la libreta a Mateo. Mateo la leyó y palideció. La pasó a Lily. Lily apretó los dientes.
—No puede ser —dijo Lily—. Ese hombre murió hace quince años.
—Eso es lo que todo el mundo cree —respondió la periodista, que se llamaba Irene, tenía treinta y dos años y una obsesión que le había costado el matr