Clarissa sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. No de tristeza. De algo que no tenía nombre, algo que llevaba años dormido y que ahora, en aquella biblioteca, entre estanterías llenas de verdades a medias, despertaba.—Besa —dijo, y era una orden, pero también una súplica—. Bésame, Mateo. Antes de que cambie de opinión.Él no necesitó que se lo repitieran.Se inclinó hacia ella, despacio, como quien se acerca a un animal que puede huir. Sus labios encontraron los de Clarissa. Fue un beso suave, casi tímido al principio, y luego más hondo, más seguro, más real. Un beso que sabía a vino tinto y a mar, a miedo superado y a promesa.Cuando se separaron, los dos tenían los ojos brillantes.—Ahora qué —dijo Clarissa, riendo entre lágrimas.—Ahora —dijo Mateo, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano— supongo que tenemos que decirle a Lily. Y a los demás. Y prepararnos para las preguntas incómodas.—Deja que lo diga yo —dijo Clarissa—. Soy más mala que tú. No me van a poder
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