El desayuno transcurría en una calma tensa cuando Steve notó que Selene no había tocado el café.
Era un detalle mínimo, casi imperceptible. Llevaban ocho años trabajando juntos, compartiendo peligros, habitaciones de hotel, madrugadas en vela. Steve conocía a Selene mejor que a sí mismo. Sabía que ella tomaba el café negro, sin azúcar, hirviendo, incluso en agosto. Sabía que podía beberlo mientras examinaba cadáveres o leía informes forenses. Sabía que el café era su religión.
Esa mañana, Selen