Selene no durmió esa noche.
Tampoco Steve. Tampoco Clarissa, que había escuchado desde el pasillo el hallazgo de la periodista. A las tres de la madrugada, la mansión entera estaba despierta, reunida en la biblioteca, con las cortinas corridas y las luces apagadas. Solo brillaba la pantalla del portátil de Selene, iluminando los rostros como una hoguera fantasma.
—¿Estás segura? —preguntó Mateo por tercera vez.
—Completamente —respondió Selene. Su voz era un hilo de voz, pero firme—. La empresa