Lily y Clarissa llegaron puntuales, con Mateo esperando en el coche y Selene conectada por audio desde la mansión, lista para grabar y analizar cada palabra. Steve se había quedado también, pero no por la grabación. Porque algo en el jardín, durante aquella conversación junto a la fuente, había cambiado. Ahora miraba el vientre de Selene cada vez que ella no lo miraba, como si intentara ver a través de la piel.
Pero esa era otra historia. La de ahora tenía olor a calabozo y a café de máquina.