—¿Te encuentras bien, Liz? —preguntó Skaí con una voz cargada de auténtica preocupación mientras revisa minuciosamente mi brazo lastimado—. Ay, no puede ser, te quedó completamente marcado el golpe.La expresión sombría, gélida y despiadada de Damián daba tanto miedo en ese preciso momento que ni siquiera su supuesta novia podía encontrar alguna excusa creíble o lógica para calmar su evidente furia. Skaí continúa hablándome con suavidad para intentar reconfortarme, pero yo sigo completamente estupefacta y sin reaccionar a mi entorno, con la mirada fija en el suelo. Entonces, en medio de ese tenso silencio, pude sentir que mi corazón se estaba acelerando demasiado en mi pecho; de verdad podía sentir cada latido retumbando con fuerza directo en mi garganta, dejándome sin aliento. Podía ser lo que sea, un monstruo, un peligro inminente o un verdugo, pero la realidad objetiva es que esta es la segunda vez consecutiva que me salva la vida de un ataque; aunque él asegura con arrogancia que e
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