—Cariño… hija… despierta.
—Mmm… —emití un quejido ahogado, hundiéndome un poco más bajo las cobijas de mi cama.
—Hija, despierta de una vez, por favor —insistió la voz suave de mi madre mientras se sentaba al borde del colchón.
Me levanté con absoluta pereza, restregándome los ojos con los puños para espantar el letargo. Suelto un gran bostezo largo mientras le digo con voz ronca que aún es demasiado temprano para levantarse y que me deje dormir un rato más.
—¿De qué hablas, Liz, cariño? Son exa