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¿Alguna vez han sentido que algo… nos falta, un vacío extraño que no puedes llenar con nadie? No sé si es la depresión por la que paso gracias a que soy una don nadie. Tengo 18 años y estoy en mi último año de la secundaria, pero mis padres no podían con todo en casa, así que tuve que optar por conseguir un empleo de mesera temporal para aliviar la carga económica. Lamentablemente, no duré mucho tiempo en ese lugar, ya que me echaron sin contemplaciones porque no accedí a acostarme con mi jefe.
Es tan complicada mi vida y así ha sido siempre; un laberinto de rechazos y malos tragos. Incluso de pequeña me hacían bullying en la escuela ya que no iba con la mejor ropa ni usaba el mejor maquillaje como las demás chicas de mi edad. Debido a mi timidez extrema y a mi complexión, mis compañeros me apodaron "zombi", porque era pálida de piel y no era muy buena para mantener una conversación fluida con los demás. Ese aislamiento me convirtió en una sombra, alguien que prefería pasar desapercibida antes que exponerse a las burlas crueles del mundo exterior.
Aun recuerdo mi primer año de secundaria con un sabor amargo. Un chico de un curso superior, que era el centro de atención de todas, me invitó a la fiesta de graduación de los que se graduarían ese año. Estaba tan emocionada y con el corazón acelerado porque, por primera vez en mi existencia, un chico guapo y sexy me invitaba a salir y parecía notar mi presencia. Sin embargo, todo terminó en una profunda desgracia para mí después de la fiesta. En un descuido, lo descubrí hablando en los pasillos con uno de sus amigos, riéndose a carcajadas mientras decía con total frialdad que grabaría todo en video mientras yo me comportaba como la perra que, según él, realmente soy. Ese golpe destruyó la poca autoestima que me quedaba y me encerró aún más en mi propio caparazón.
—¿Pensando otra vez? —dijo mi madre desde la puerta, logrando asustarme ya que no la vi entrar a mi habitación.
—Lo siento… —respondí, tratando de disimular las lágrimas que amenazaban con salir de mis ojos.
Ella se rió con ternura, contagiando un poco de calidez a la fría habitación. —Pensé que me habías escuchado cuando entré a la casa, vienes muy distraída de la calle.
—Lo siento, es que… no puedo evitar darle vueltas a las cosas —admití, bajando la mirada hacia mis manos entrelazadas.
—Deja de mortificarte, ese hombre era un cerdo —sentenció mi madre con un tono firme pero consolador—. Lo importante es que ya quedó atrás.
Ella y papá unieron sus pocas fuerzas y lograron que ese tipo, mi exjefe, fuera preso tras la denuncia que pusimos. Pero la justicia para los que no tenemos recursos es una ilusión efímera; al poco tiempo el hombre salió libre porque alguien muy poderoso lo ayudó. Creo que era el dueño de la prestigiosa cadena de restaurantes en la que trabajaba, un sujeto con las influencias suficientes para borrar cualquier delito con un par de billetes.
—Mientras tu padre y yo trabajemos, podremos reunir lo suficiente para todo, incluso para los gastos de tus futuros estudios universitarios… —añadió ella, acariciando mi cabello con devoción.
—No, mamá… yo quiero ayudarlos, pero… —mi voz se quebró, sintiendo el peso de la impotencia sobre mis hombros.
Ella besó mi frente con infinita paciencia y me dijo que no me preocupara por nada, que me concentrara en terminar mi último año de secundaria. Pero, ¿cómo no voy a hacerlo? ¿Cómo puedo quedarme de brazos cruzados si ese maldito sujeto, además de despedirme, se encargó de esparcir rumores horribles en el vecindario y me hizo quedar frente a todo el mundo como una cualquiera que buscaba desesperadamente la forma de salir de su miseria vendiendo su cuerpo? La humillación social era un veneno que corría por las calles, obligándome a caminar siempre con la cabeza gacha.
Por esa razón, me la paso buscando empleo incansablemente por internet y revisando cada página en el periódico, mientras escucho música con mis auriculares puestos para intentar apagar el ruido de mis propios pensamientos desoladores. Pasé horas enteras frente a la mesa del comedor, subrayando opciones y descartando la gran mayoría debido a las exigencias del mercado actual. Seguí buscando en el periódico algún trabajo que no tuviera como requisito obligatorio pedir que fuera pasante universitaria o que tuviera años de experiencia comprobable en puestos administrativos.
Mis ojos leían detenidamente cada línea, cada columna de los clasificados con una mezcla de ansiedad y desesperanza, pero no había absolutamente nada apto para alguien de mi edad y en mi situación actual. Cuando el desánimo ya me estaba ganando y estaba a punto de cerrar el periódico de golpe para darme por vencida por el día de hoy, vi un pequeño anuncio en la esquina inferior de la última página. Era un recuadro simple, casi oculto, donde solicitaban con urgencia una niñera.
Nunca antes había trabajado limpiando casas ni cuidando niños ajenos, pero lo que pagaban en ese empleo en particular era un excelente y buen salario, una cantidad que resolvería de golpe las deudas más urgentes de mi hogar y me permitiría comprar mis materiales de estudio sin suplicar. Aunque, por otro lado, el anuncio especificaba una dirección que me hizo tragar saliva; había escuchado rumores extraños de ese lugar tenebroso y apartado en las afueras. Se me erizaba la piel de solo pensarlo, recordando las historias urbanas que los chicos de la escuela contaban para asustarse en las noches. Vivir en la ciudad no es fácil, los recursos escasean y el peligro acecha en cada esquina, pero supongo que ir a la entrevista no sería una mala idea si ponía en la balanza nuestras necesidades.
Al comentarle mi decisión a mi familia durante la cena, el ambiente se volvió tenso de inmediato.
—¿Cariño, estás segura de ir a esa mansión? —preguntó mi madre, mirándome con los ojos llenos de una profunda preocupación maternal.
—Necesitamos el dinero, mamá, y lo sabes perfectamente. Además, no me conocen y yo tampoco a ellos, no creo que sea peligroso ir si estaba publicado formalmente en el periódico —argumenté, tratando de sonar mucho más segura de lo que realmente me sentía por dentro.
Había rumores en la ciudad de esa propiedad, de todo tipo y calibre; algunos decían que estaba maldita, otros que sus dueños practicaban ritos extraños o que simplemente ocultaban secretos inconfesables tras sus enormes muros de piedra gris. Pero, pensando fríamente en mi propia experiencia con la sociedad, consideré que eran personas que seguramente viven aislados de las demás personas por pura cordura, y quien no querría hacer lo mismo si las personas solo te destruyen.
—Que Dios te acompañe, hija —dijo mi padre mientras me miraba con una mezcla de resignación y angustia en el rostro. Él tampoco estaba de acuerdo con que fuera a ese lugar tan apartado a altas horas de la tarde, pero me conoce a la perfección y sabe muy bien que soy demasiado terca cuando me propongo algo, especialmente si se trata de ayudar a nuestra economía familiar—. Puedes llamarme si algo pasa, no importa la hora que sea, iré enseguida a buscarte.
—Ok, papá, no te preocupes —respondí tratando de forzar una sonrisa valiente para transmitirles una tranquilidad que yo misma no poseía en ese momento.
Los abrazó a ambos con fuerza, buscando refugio en su calor hogareño, y subí de prisa al autobús de línea que me dejaría cerca de la mansión que está en las afueras de la ciudad. El trayecto fue largo y tortuoso; una hora y media de viaje directo fue lo que me demoré en llegar a mi destino, viendo cómo los edificios altos eran reemplazados gradualmente por árboles espesos y terrenos baldíos. Había llamado por teléfono antes de abordar el transporte y una mujer de voz refinada me dijo que me recibirían enseguida en cuanto tocara a su puerta, lo cual me dio un poco de confianza.
Al bajar en la parada solitaria, caminé unos metros por el sendero oscuro. Arreglo mi cabello que se encuentra recogido en un moño improvisado para lucir un poco más presentable, y me veo unos segundos en el reflejo de la pantalla apagada de mi celular para asegurarme de no verme tan pálida. "Aunque es imposible cambiar mi naturaleza", pensé con amargura, recordando el apodo de zombi que cargaba desde la infancia. Los enormes portones de hierro forjado se abren de manera automática con un crujido metálico que rompió el silencio de la zona. Al caminar por el largo sendero de piedra que conducía a la estructura principal, me doy cuenta de que esta gente ama la naturaleza de una forma casi obsesiva; el jardín era un laberinto verde salpicado de estatuas antiguas y flores exóticas.
Una mujer rubia y sumamente elegante me esperaba de pie en la entrada principal. "Es muy bella", deduje de inmediato por su porte y la fina joyería que adornaba su cuello, asumiendo que era la legítima esposa del dueño de esta imponente propiedad. Me detuve en seco cuando escuché un ruido extraño y seco provenir detrás del frondoso jardín lateral, como si algo pesado se hubiera arrastrado entre los arbustos. Sin embargo, mi atención vuelve por completo a la mujer que se acerca a paso firme hacia mí. Al tenerla frente a mí, reduciendo la distancia drásticamente, sentí que mi espacio personal estaba siendo totalmente invadido por su intensa presencia y el fuerte aroma de su perfume, así que me alejé un poco de ella instintivamente, dando un paso hacia atrás.
—Ven, pasemos a la casa de una vez para realizar la entrevista —dijo ella con una cortesía fría y directa, invitándome a pasar a un lujoso vestíbulo.
Sujeto mi pequeña cartera con ambas manos, utilizándola como un escudo contra mi propia timidez. Ella me deja sola por un momento en medio de la gran estancia cuando toma una llamada urgente en su teléfono móvil y se aparta hacia el pasillo. Estando en ese silencio sepulcral, nuevamente escuché un ruido extraño en el piso superior, un leve lamento que me heló la sangre, pero lo ignoro por completo cuando escucho las pisadas firmes de alguien que viene directo hacia donde yo estaba esperando. Pensé que era la rubia que regresaba de su llamada, pero no fue así; un hombre de al menos unos 50 años, de mirada gélida y vestimenta impecable, venía entrando desde una habitación contigua. En cuanto me vio, se detuvo en seco y no pareció para nada contento con mi presencia en el lugar. Su mandíbula se tensó y me recorrió con una mirada despectiva que me hizo preguntarme internamente: “¿Qué es esto? ¿Acaso no sabían que yo vendría hoy?”.
La rubia vino nuevamente al vestíbulo apresurando el paso y, cuando él la vio aparecer, la tomó del brazo con una rudeza innecesaria y brusca que me llenó de un miedo paralizante. Intercambiaron un susurro tenso que no logré descifrar, y luego ellos dos se acercaron a mí juntos, fingiendo una normalidad bastante forzada.
—Escucha bien lo que vas a hacer… —comenzó ella, ignorando el tenso lenguaje corporal del hombre a su lado.
Ella me dice detalladamente en qué consiste el empleo de emergencia que me ofrecen esta tarde, y para mi sorpresa, no me pareció tan mal ni tan peligroso como los rumores sugerían. Solo debía quedarme en la sala y ver que su pequeña hija durmiera las horas correspondientes de su siesta vespertina mientras ellos venían de regreso a esta casa tras atender un asunto de negocios imprevisto en el centro de la ciudad. Me aseguraron que no tardarían mucho tiempo en volver, que solo sería por esta única ocasión y durante dos horas como máximo. Lo mejor de todo es que, si hacía todo bien y cumplía las indicaciones al pie de la letra, me pagarían más de lo que ganaría en una noche completa trabajando como mesera en aquel restaurante del centro, así que acepté las condiciones sin dudar, pensando en mis padres.
Ella se fue de inmediato con el hombre, escuchándose el motor de su auto alejarse a gran velocidad por el camino principal, y yo me quedé sola, totalmente sola en la inmensa propiedad esperando que el dueño o ellos regresaran. El tiempo transcurrió de una manera asfixiante; la noche empezaba a caer tiñendo los ventanales de un azul oscuro, y mis padres me llamaban constantemente al celular para saber si estaba bien o si debían ir por mí.
—Sí, estoy bien, papá, escucha… no, no puedo irme todavía —respondí en un susurro, resguardada en una de las esquinas del salón principal—, la niña sigue durmiendo profundamente arriba y debo esperarlos obligatoriamente hasta que lleguen a relevarme, no puedo dejar la casa sola. No, papá, ¿cómo crees que van a ser unos asesinos? Tienen una hija pequeña a la que cuidan, todo está bien. Ok, mira, hagamos algo: si no vienen en una hora exacta, les llamaré a ellos o me iré de aquí, te lo prometo.
Al colgar, comencé a desesperarme seriamente porque las manecillas del reloj avanzaban y nadie venía a la propiedad; la casa parecía crujir con el viento y quería irme cuanto antes ya que la atmósfera del lugar comenzaba a darme mucho miedo. Justo cuando la ansiedad me estaba dominando, veo los faros de un auto llegar iluminando el jardín, por lo que me sentí más aliviada del encierro. Así que los esperé ansiosa en la entrada principal. Al entrar, la pareja me preguntó de inmediato por su hija y les dije que seguía durmiendo plácidamente en su habitación, "algo que internamente me sorprende demasiado, ya que un niño pequeño no duerme tanto tiempo seguido sin despertarse ni un segundo". Sin embargo, preferí guardarme mis dudas.
—Me tengo que ir ya, es muy tarde —dije apresurada, queriendo alcanzar el último transporte de regreso.
—Espera, no te marches sin tu pago —la mujer abrió su bolso y me paga la generosa cantidad acordada en efectivo—. Muchas gracias por todo, en verdad sabía que eras una buena chica y muy confiable.
Sonrío en despedida, sintiendo el alivio del dinero en mis manos.
—Espera un momento, no puedes estar esperando sola en la calle oscura el autobús con todo ese dinero en las manos, es sumamente peligroso a estas horas —dijo el hombre con un tono firme que no admitía réplicas—. Damián, ve y deja a la chica a su casa ahora mismo en el coche.
—No, en serio... no necesitan molestarse, puedo tomar el transporte público, no pasa nada... —intenté rechazar la oferta por timidez.
—Por supuesto que lo haremos, no es ninguna molestia —insistió el hombre. Al voltear hacia la escalera lateral, vi bajar a un chico de mi misma edad, de cabello castaño revuelto y unos impactantes ojos color ámbar que brillaban bajo la luz artificial. En ese instante, el aire se escapa por completo de mi cuerpo como si todo hubiese sido robado de golpe por él. Era tan increíblemente apuesto que mi corazón seguía sin latir del impacto; mi cuerpo no reacciona ante su cercanía. Él tenía una sonrisa ardiente esculpida en el rostro, y lo digo porque mis piernas me estaban fallando por completo en ese preciso momento—. ¿Vamos?







