Mundo ficciónIniciar sesiónIba tan sumamente nerviosa en su lujoso auto que el trayecto se me hizo eterno. Estaba sentada al lado de un chico que parecía sacado directamente de la portada de una revista de modelos juveniles, con sus facciones perfectas y una seguridad desbordante. Durante todo el camino, él se portó como un caballero; era tan amable que intentaba sacarme conversación a cada momento para romper el hielo, preguntándome sobre mis gustos o mis estudios. Sin embargo, mis respuestas eran cortas y tajantes porque, como ya era costumbre en mí, no soy para nada buena manteniendo conversaciones con otras personas y el pánico social me dominaba por completo.
Cuando por fin vi la fachada de mi humilde casa a través del parabrisas, quise salir corriendo de inmediato para terminar con esa incómoda situación, ya que sentía de forma interna que mi cara estaba completamente roja como un tomate. Me sentía sofocada por su cercanía y por el lujoso entorno, así que, en un arranque de desesperación por escapar, intenté quitarme el cinturón de seguridad a toda prisa, pero los nervios me traicionaron y no pude destrabar el mecanismo del anclaje.
—Deja, yo te ayudo con eso… —dijo él con suavidad, inclinando su cuerpo hacia mi asiento.
En ese instante, mi cara se prendió en un fuego abrasador de puro calor cuando siento que su rostro está peligrosamente muy cerca del mío, tanto que podía sentir su respiración cálida rozando mi mejilla. Con un movimiento ágil de sus dedos, presionó el botón rojo. —Listo.
“No, no, no… esto no puede estar pasándome a mí”, repetía mi mente en un grito silencioso.
Sus ojos eran tan hermosos y profundos que me costaba desviar la mirada, y sus labios… los estaba viendo detenidamente con absoluta fascinación, y cómo no hacerlo si en ese preciso momento se encontraban a tan solo unos milímetros de distancia de los míos. Mi corazón se enloquece por completo y late desbocado en mi pecho cuando él sonríe con un toque de diversión, viéndome fijamente a los ojos.
—Buenas noches —susurró con una voz melodiosa.
No sé exactamente en qué momento logré reaccionar y salí de su auto; todo fue como un borrón confuso. Solo recuerdo que me quedé completamente paralizada en la acera, sin capacidad de reaccionar en lo absoluto, justo después de que él se inclinara un poco más y besara mi mejilla a modo de despedida. Mis padres, al verme parada afuera de la casa en la oscuridad, inmóvil como una estatua y sin moverme de mi lugar, salieron preocupados. Me llevaron con cuidado hacia dentro de la vivienda y me dejaron tranquila en mi habitación cuando les dije, con un hilo de voz, que estaba sumamente cansada por la jornada y que no tenía nada de hambre para cenar.
Me tiré en la cama boca arriba, mirando el techo a oscuras. “¿Qué demonios fue eso?”, me preguntaba una y otra vez, tocando la zona donde sus labios habían rozado mi piel.
Al día siguiente, la cruda realidad me golpeó temprano. Hoy debía ir a clases, otra vez. “¡Que gran emoción!”, pensé con todo el sarcasmo del mundo mientras me levantaba de la cama. En realidad, no quería ir en lo absoluto, ya que sabía perfectamente que eso significaría enfrentarme a otro año escolar siendo la inexistente chica de la que todos se burlan y a la que todos molestan cuando quieren divertirse un rato; ojalá y algún día encuentren a otro estudiante a quien fastidiar y me dejen en paz. Sujeto con fuerza las correas de mi mochila, y como siempre, uso mi ropa más decente y limpia, aunque fuera vieja. Llevaba mi cabello rebelde y liso recogido en un moño improvisado para que no me estorbara, y por supuesto, mis lentes bien puestos, sí, tengo miopía severa y los necesito obligatoriamente para ver el pizarrón.
Al cruzar la entrada principal de la escuela, noté un alboroto inusual. —¿Quién es él?... ¿Ya lo viste? —los murmullos apresurados de los estudiantes me hicieron ver hacia atrás con curiosidad.
Al ver a Damián caminando por el pasillo central, nuevamente mi cuerpo entero se paraliza por el impacto. Ayer en la noche tuve la oportunidad de verlo más de cerca en la penumbra, pero hoy que es de día y la luz del sol lo ilumina por completo… me doy cuenta de lo increíblemente atractivo que es. “¡Maldición, es demasiado lindo!”, admití para mis adentros. Estaba tan sumamente distraída viéndolo caminar que no me di cuenta de mi entorno, ni de que las chicas plásticas que siempre me molestan venían directo hacia mí con malas intenciones. Solo logré reaccionar cuando sentí un fuerte y brusco empujón en la espalda; perdí el equilibrio por completo, caí de rodillas al suelo y mis libros y cuadernos se esparcieron frente a mí por todo el pasillo mientras ellas los pisoteaban sin piedad al pasar.
Todos a mi alrededor se reían a carcajadas de mi desgracia, pero yo me moría de la vergüenza colectiva porque seguramente él había visto toda la patética escena. Al levantar lentamente mi cabeza con timidez, lo vi; estaba de pie exactamente frente a mis ojos, mirándome desde su altura. Esperé tontamente que me ayudara, pero su expresión era dura y distante, completamente diferente a la de la noche anterior.
—Quítate de mi camino —soltó con frialdad.
Sus palabras me cayeron como un balde de agua helada en pleno invierno, destrozando la pequeña ilusión que se había formado en mi pecho. Rápidamente, me hice a un lado arrastrándome por el suelo y él pasó caminando por encima de mis cosas como si fueran basura. Sentada en el piso, me quedé observando mis pertenencias maltratadas mientras los demás estudiantes se marchaban a sus aulas, dejándome completamente sola en el pasillo, mientras mis lágrimas ruedan por mis mejillas nuevamente de pura impotencia.
Debido a la humillación, me perdí la primera clase de la mañana ya que me encerré en el baño por un largo rato, llorando en silencio hasta que pudiera calmarme y limpiar mi uniforme. Para muchos jóvenes, venir a clases es algo maravilloso ya que se reúnen con sus amigos de siempre y salen con sus parejas tomados de la mano después de clases, pero yo no lo veo así; más bien siento que este lugar es mi propio infierno en vida.
Con la cabeza totalmente cabizbaja entré al salón para la siguiente clase, intentando no llamar la atención. Siempre estaba sola en el aula; nadie quería ser mi compañero de asientos ni compartir el banco conmigo ya que los populares habían esparcido el falso rumor de que tenía piojos, “cosa que, obviamente, no es cierta”. Estaba tan sumamente sumergida en mis propios pensamientos y en la monótona voz del profesor que no vi quién había entrado de último al salón de clases; solo presté verdadera atención al mundo real cuando sentí que alguien se sentaba pesadamente a mi lado.
Al ver de reojo el banco contiguo, me quedé completamente sin respiración al descubrirlo. Sentado exactamente a mi lado estaba Damián, de la misma manera que había ocurrido la noche anterior en el vestíbulo de la mansión, pero esta vez se encontraba a una distancia mucho más cercana y asfixiante. Fiel a su desconcertante actitud, me ignora por completo de manera deliberada y mantiene su vista fija al frente, concentrado en las explicaciones del profesor que dictaba la materia. Me llamó profundamente la atención notar que él no tenía sobre la mesa ningún cuaderno, hoja o bolígrafo para tomar nota de los deberes que el docente dejaría de tarea para la próxima semana.
La clase finalmente había finalizado tras un largo y tenso periodo de silencio. Como ya era mi costumbre para evitar las miradas pesadas de mis compañeros, siempre espero pacientemente en mi asiento a que todos salgan del salón de clases antes de moverme, porque soy sumamente lenta para anotar los últimos apuntes en mis cuadernos. Estaba tan sumergida en guardar mis lápices con cuidado que, sin darme cuenta de la hora, el aula se había quedado en un silencio absoluto; ya todos los estudiantes se habían ido a sus respectivos hogares.
—Una vida tras otra —susurró una voz profunda detrás de mí.
Giro rápidamente la cabeza, asustada por el repentino ruido, cuando escucho su voz resonar en las paredes vacías. Todo este tiempo, desde que sonó el timbre de salida, él estuvo de pie detrás de mí de una forma casi fantasmal. Confundida y con el corazón acelerado, decidí ignorar por completo el sentido de lo que acababa de decir, ya que tal vez pensó en voz alta o simplemente creyó que yo era otra persona de su círculo social. Recogí mis pertenencias a toda prisa e intenté caminar hacia la salida para escapar de la tensión.
—Elizabeth —soltó de repente, provocando que detenga mi andanza en seco justo antes de cruzar el umbral cuando dice mi nombre con total seguridad. Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Cómo demonios sabe mi nombre si nunca antes nos habíamos presentado formalmente? Con un tono de voz más suave, añadió—: ¿Es tu nombre, verdad?
Muevo mis ojos con evidente nerviosismo por todo el lugar, tratando de procesar lo que estaba ocurriendo. ¿Qué demonios estaba diciendo este misterioso chico y qué quería de mí después de haberme humillado por la mañana en el pasillo principal?
—Perdón… yo… creo sinceramente que te equivocaste de chica —tartamudeé, sintiéndome pequeña bajo su intensa mirada.
Quise salir de prisa del aula para dar por terminada la incómoda conversación, pero él se adelantó con agilidad y me tomó firmemente de la muñeca para impedir que me marchara.
—No me equivoqué de persona, Elizabeth —aseguró mientras ladea una sonrisa cálida y sumamente encantadora, un gesto tan tierno y diferente a su frialdad previa que terminó descolocándome por completo—. Lamento mucho lo que sucedió esta mañana en el pasillo, no debí reaccionar de esa manera tan dura. Si quieres, puedo compensártelo invitándote a una salida formal después de clases para conocernos mejor.
“No, no, no… aquí hay algo más que no estoy logrando ver”, me advertí a mí misma en un grito interno de pura supervivencia.
Salir lastimada otra vez por confiar ciegamente en las personas no es lo que quería para mi futuro; mi experiencia me dictaba que, siempre que alguien popular o atractivo se acerca a mí de la nada, es únicamente para lastimarme, burlarse o jugarme una cruel broma pesada frente a toda la escuela. Eso era algo que no iba a permitir bajo ninguna circunstancia; ya he sufrido lo suficiente en mi corta vida como para volver a caer en una trampa armada. Así que, acumulando el valor que no sabía que tenía, lo alejé bruscamente de mí soltándome de su agarre y salí a grandes zancadas del salón de clases sin mirar atrás. Mi corazón estaba completamente loco y desbocado dentro de mi pecho porque, siendo realistas, el que un chico tan apuesto te haga una proposición como esa en mitad de un aula vacía es algo extraordinario que definitivamente no sucede todos los días.
Al salir del edificio escolar tras el horario de clases, caminé directo a la parada con la intención fija de subirse al autobús de siempre, pero me detuve en seco cuando vi a un grupo de chicos conflictivos de mi curso que parecían estar esperándome en los asientos del transporte para hacerme una de sus habituales bromas pesadas. Intimidada por su presencia y no queriendo soportar otra humillación pública, decidí que no quería entrar al vehículo bajo ninguna circunstancia y dejé deliberadamente que mi transporte se fuera de largo, perdiéndose a lo lejos por la avenida principal. Maldigo por dentro mi pésima suerte mientras me abrazaba a mí misma para protegerme del frío, pero reacciono sumamente asustada cuando escucho el fuerte sonido de un claxon aproximarse rápidamente hacia la acera donde yo estaba parada.
Al levantar la mirada, vi que la ventanilla del conductor descendía lentamente. —¿Te llevo a tu casa? —preguntó Damián desde el interior de su auto.
Sujeto mis libros con fuerza contra mi pecho, casi usándolos como un escudo protector, mientras pienso desesperadamente en las opciones de transporte que tengo disponibles para volver a salvo, las cuales son sumamente pocas por cierto a esta hora de la tarde. Mi sentido común me gritaba que confiar en alguien como él no es lo que debo hacer bajo ninguna circunstancia, principalmente porque es un completo extraño del cual desconozco sus verdaderas intenciones. Pero él no deja de mirarme fijamente con esa sombría mirada tan penetrante, complementada por esa aura tenebrosa y dominante que lo rodea por completo y que parece paralizar mi fuerza de voluntad. Terminé subiendo al auto en un silencio sepulcral, guiada por el temor a quedarme sola en la calle.
El viaje transcurrió en una calma tensa y extraña. Solo cuando divisé las calles conocidas de mi vecindario y llegué finalmente a las cercanías de casa me sentí a salvo del peligro, pero me alteré de forma extrema cuando vi con terror que él no se detuvo en la acera correspondiente; al contrario, aceleró el motor de manera brusca cuando estábamos muy cerca de mi puerta para luego alejarnos por completo de mi casa a toda velocidad, adentrándose en sectores desconocidos de la ciudad.
—¡Oye! ¿Qué estás haciendo? —le reclamé con pánico en la voz.
—Te vas a divertir hoy, Elizabeth. En serio que lo necesitas después de todo lo que pasas —respondió él sin apartar los ojos del camino.
—¡No, para el auto ahora mismo! —le grité con desesperación, pero él simplemente me ignora y sigue su camino a gran velocidad.
Así que, llevada por el pánico absoluto y sin pensar detenidamente en las graves consecuencias físicas, intenté abrir la puerta para arrojarme del auto en movimiento con tal de escapar de él. Pero Damián se dio cuenta de mis peligrosas intenciones en el acto, estiró su brazo derecho con fuerza y me detuvo bruscamente contra el asiento para evitar que saltara.
—¡Déjame en paz! ¡Suéltame! —le chillé con todas mis fuerzas.
Ante mi violenta reacción, él detuvo el auto por completo en una calle solitaria con un frenazo seco. Así que, aprovechando el momento, me bajé del vehículo de inmediato y caminé a toda prisa por la acera ignorándolo por completo, con la intención de regresar a mi hogar a pie. De pronto, sentí unas pisadas rápidas detrás de mí; él me sujeta fuertemente del brazo para frenar mi avance y, cubriendo mi boca por completo con su mano para apagar mis gritos de auxilio, me llevó por la fuerza hacia la penumbra de un callejón oscuro y apartado. El miedo más puro e irracional me invade por completo el cuerpo cuando veo sus ojos directamente en la oscuridad; eran azules en un principio, pero de pronto se transformaron en un tono de un rojo tan intenso y brillante que me quedé sin aliento, comprendiendo que estaba ante algo sobrenatural. Desesperada, quería gritar por ayuda, pero su agarre era implacable.
Él se inclinó hacia mi oído, y con una voz extrañamente profunda y posesiva que me heló la sangre, sentenció: —No te vas a escapar de mí, eres mi mujer te guste o no.







