Mundo de ficçãoIniciar sessãoELIZABETH
La paranoia constante no me deja en paz ni por un solo segundo de mi existencia. Lo único que hago desde que pisé esta inmensa y aterradora propiedad es planear cómo huir de él, cómo mantenerme lo más lejos posible, porque no quiero de ninguna manera involucrarme más con esta extraña familia y muchísimo menos con Damián. Sus padres son personas amables que de verdad confían en mí y en mi trabajo como niñera, por lo que no quiero bajo ninguna circunstancia que piensen mal, o que crean que soy una más de las tantas chicas superficiales de la escuela que andan desesperadamente detrás de los huesos de su atractivo, arrogante y popular hijo.
—Liz, ¿te quedas conmigo en la habitación hasta que me duerma por completo? —preguntó Skaí desde la cama, mirándome con ojos suplicantes.
—Claro que sí, pequeña, no te preocupes —respondí de inmediato, sintiendo un alivio genuino.
A una profunda diferencia de él, su hermana menor es un verdadero ángel muy hermoso al que dan ganas de mimar a todas horas; ella es tan sumamente adorable y dulce que simplemente no puedo decirle que no a nada de lo que me pide. Por mí, estaba perfectamente bien quedarme encerrada con ella en el cuarto todo el fin de semana, ya que así evitaría a toda costa que me siga su hermano torturándome psicológicamente con su presencia. La verdad es que mi mente está hecha un caos y no sé cómo tomar sus constantes torturas ni sus extrañas actitudes hacia mí.
“Ella me pertenece, ¿entiendes? Solo yo tengo el maldito derecho de tocarla”.
Al recordar de golpe lo que Damián le había gritado al deportista en el pasillo de la escuela, mi corazón se altera de una forma violenta en mi pecho sin que pueda entender la verdadera razón de esa reacción física. Pero, casi de inmediato, el miedo más puro me invade la mente ya que él asegura con total frialdad que todo es producto de mi imaginación, repitiéndome que seguro estuve soñando despierta con él porque soy una boba irremediable que seguramente tiene sueños extraños con su persona. “Fea y rara, una perfecta combinación”, me repetía a mí misma con amargura, dejando que sus crueles insultos calaran hondo en mi identidad.
La crueldad no parece tener límites para él; solo espero con ansias que esta pesadilla se acabe pronto, que pase el fin de semana y que encuentre a alguien más en el instituto a quien molestar y atormentar. Yo prefiero mil veces estar y mantenerme en el más absoluto anonimato, pasando desapercibida como lo hacía antes. Pero la verdad es que la “crueldad” es algo que conozco bien; todos en este mundo son crueles, todos los seres humanos te destruyen cuando dejas que se acerquen. Por eso mismo prefiero estar sola y aislada, aunque mis propios padres repiten constantemente que no es seguro caminar sola por las calles, ya que temen que alguien querría atacarme en la oscuridad como ocurrió aquella trágica vez del pasado. Un extraño me persiguió e intentó atraparme cuando era una indefensa niña y luego… “inhalo profundo”, obligándome a alejar ese recuerdo de mi mente. Por esa horrible experiencia de mi infancia es que odio con todas mis fuerzas la penumbra; no me agrada para nada la oscuridad ni los lugares solitarios porque desatan mis peores ataques de ansiedad.
Al ver que la pequeña Skaí finalmente se durmió de forma profunda, me relajé un poco en la silla, pero la paz duró muy poco. Vi con terror cómo la pesada puerta de madera se abre lentamente y sin hacer ruido. Al verlo parado en el umbral, palidecí por completo y el aire se quedó atrapado en mis pulmones; él observa un segundo a su hermana dormida y, con un frío y brusco movimiento de cabeza, me ordena salir de la habitación de inmediato.
Entrecierro mis ojos con impotencia porque sabía perfectamente que no tenía más opción que obedecerlo y hacerlo; no sé por qué razón biológica o psicológica ocurre, pero este chico es completamente diferente a los demás agresores de mi vida. Normalmente no le temo tanto a los demás chicos que me insultan en la secundaria, sé cómo ignorarlos, pero él… Damián tiene algo inexplicable en su mirada, una fuerza dominante que me causa tanto miedo primitivo que hace que mi mente grite desesperada que corra lejos de él lo más rápido posible o moriré en sus manos.
Al salir al pasillo y cerrar la puerta con cuidado para no despertar a la niña, no tuve tiempo ni de reaccionar. Él me toma firmemente del cuello con una sola mano y, con una fuerza descomunal, estrella mi cuerpo contra la dura pared del corredor. El agudo dolor por el fuerte impacto me hace morder mis propios labios para no soltar un grito, ya que nuevamente vi por un espantoso momento que sus ojos cambiaron por completo de color, transformándose en un rojo carmesí intenso y brillante. Esta vez no estaba alucinando, no estaba cansada ni bajo los efectos de un desmayo; lo estaba viendo con total claridad a escasos centímetros de mí.
—Creíste tontamente que podrías huir de mí todo el tiempo, ¿verdad, Elizabeth? —susurró con una voz ronca que me erizó los vellos de los brazos.
—¿Por qué demonios me haces esto? —murmuro entre lágrimas que comenzaban a rodar sin control por mis mejillas—. Yo no te he hecho nada malo… no entiendo qué quieres de mí…
Nuevamente me azota con brusquedad contra la pared, el golpe en mi espalda haciéndome callar de inmediato por el dolor. De la nada, en el absoluto silencio del pasillo, escuché claramente un gruñido animal y profundo escapar desde lo más profundo de su pecho, dejándome completamente congelada y horrorizada en mi sitio. Su sonrisa era tan sumamente siniestra y maquiavélica que me armé de valor para preguntarle, con un hilo de voz, quién demonios era él en realidad. Su pulgar comenzó a acariciar mi mejilla con una suavidad que resultaba más aterradora que sus golpes; observa detenidamente lo que hace con mis facciones para luego decir, con una frialdad que me heló la sangre, que era mi verdugo personal, tal y como me lo juró antes en aquel callejón.
De pronto, el ladea una sonrisa cargada de malicia y luego me dice al oído que esta vez jugaremos un juego muy especial solo nosotros dos, sin nadie que nos interrumpa. Se aleja un poco de mí, me toma firmemente del brazo y me lleva a la fuerza por las escaleras hasta salir afuera de la casa, directo al inmenso patio trasero. Comienzo a preocuparme de una forma extrema y el pánico me desborda cuando me dice con diversión que jugaremos el juego del lobo y la presa en mitad del bosque.
—Damián, por favor… no lo hagas, te lo suplico… —rogué llorando, intentando frenar mis pasos sobre el césped, pero él continuaba arrastrándome sin esfuerzo—. No quiero ir a la oscuridad del bosque, por favor. La oscuridad me da una claustrofobia terrible…
—No me importa en lo absoluto lo que digas, ni me importan tus estúpidas excusas o lo que te dé miedo, vas a jugar a este juego te guste o no, y es muchísimo mejor para ti que comiences a correr ahora mismo si quieres conservar tu vida —sentenció Damián con una voz tan cargada de malicia que me heló la sangre.
Caigo sentada sobre el césped húmedo, completamente desarmada y con las fuerzas evaporadas, al ver con absoluto horror que su cuerpo humano comenzó a deformarse de manera violenta frente a mí. Mis ojos, abiertos de par en par, no dan crédito a la espantosa escena que estaba viendo en mitad de la noche; los huesos de sus extremidades se rompían y estiraban de forma antinatural, su piel se cubría de un pelaje denso y oscuro, es simplemente… imposible. Aterrada por completo por la monstruosa presencia que estaba plantada frente a mí, una enorme y colosal bestia de ojos brillantes con filosos colmillos expuestos me hizo reaccionar por puro instinto de supervivencia; me puse de pie de un salto y comencé a correr con todas mis fuerzas dirigidas hacia la seguridad de la casa principal. Sin embargo, mis esfuerzos fueron inútiles; el gigantesco lobo negro se interpuso en mi camino con una velocidad sobrenatural, me jaló bruscamente del pantalón con sus fauces y comenzó a arrastrarme sin ningún esfuerzo de regreso hacia la parte más profunda del jardín, que en realidad era su espeso y desolado bosque privado.
—¡¡Auxilio!! ¡Por favor, que alguien me ayude!! —grité con desesperación, arañando la tierra en un intento en vano por soltarme.
La criatura gruñía con un sonido sordo y vibrante que hacía eco en mi pecho, y cuando de pronto siento una dolorosa y profunda mordida en mi muñeca, el agudo pinchazo me hizo gritar de puro dolor, dándome una inyección de adrenalina que me permitió zafarme de su agarre. Me levanté tambaleante para correr lo más lejos posible de él; el aire frío de la noche golpea con fuerza mi rostro mientras corro desesperadamente entre las ramas que lastimaban mi piel. No miro atrás ni por un solo segundo, concentrando toda mi energía en buscar desesperadamente la forma de salir de esa maldita propiedad lo más rápido posible antes de que me diera caza nuevamente.
Cuando por fin pude divisar los altos muros de piedra gris que delimitaban el terreno, sentí por un breve y efímero momento un inmenso alivio en mi corazón, creyendo que la salvación estaba a solo unos metros. Pero así como apareció esa pequeña chispa de esperanza, se desvaneció por completo al ver al imponente lobo negro plantado de nuevo frente a mi camino, cortándome el paso con una mirada fría y depredadora. Mis pies me fallan por completo debido al cansancio y al pánico, haciéndome deslizar sobre la hierba húmeda y caer desamparada directamente frente a él. Y sin esperar más tiempo para torturarme, la bestia se abalanza salvajemente sobre mí y muerde mi hombro con tanta fuerza y saña que mis desgarradores gritos no eran suficientes para demostrar el indescriptible dolor físico que estaba sintiendo en ese instante.
Intento luchar con todas las pocas fuerzas que me quedaban, golpeando su hocico con mi mano libre, pero mi cuerpo comenzó a debilitarse lentamente debido a la pérdida de sangre, sintiéndolo cada vez más pesado y ajeno a mi voluntad. Y cuando estaba a punto de cerrar mis ojos por completo, resignada a morir devorada en ese bosque, pude ver borrosamente que un lobo mucho más pequeño cayó de imprevisto sobre él y lo mordió con ferocidad en el cuello, haciendo que la gran bestia me soltara por el impacto. Sonrío levemente, agradecida en el fondo de mi alma por lo que acaba de pasar, aunque el terror no disminuía; temía que ese lobo pequeño tendría exactamente el mismo trágico destino que el mío por el simple hecho de intentar ayudarme frente a un Alfa tan despiadado.
—¡¡Liz, Liz!! ¡Despierta por favor!! —se escuchaba a lo lejos.
Esa conocida voz infantil llamándome con insistencia me hacía recordar de inmediato a la hermana pequeña del chico que se convirtió en una bestia infernal. En teoría, por las novelas y mitos, conocía lo que era esa figura, pero jamás en mi vida pensé que existieran de verdad los hombres lobos en el mundo real; siempre creí con firmeza que eran un simple cuento de terror inventado por las personas para asustar a los niños en las noches de campamento.
—¡¡Te juro que le diré absolutamente todo a mi madre de esto, Damián!! ¡Vas a estar en serios problemas!! —reclamó la pequeña voz.
Al escuchar su nombre pronunciado con tanta rabia, me levanto de golpe del suelo, ignorando el mareo, y ahí estaban ellos dos nuevamente en su forma humana. Cuando lo vi de pie y noté que sonreía con una mueca burlona mientras mira fijamente mi hombro ensangrentado, siento el dolor más fuerte e insufrible calar en mis huesos. Esto era real, completamente real; ellos no son personas normales, no son humanos comunes y corrientes como yo.
—Ustedes… ustedes son… hombres lobos —conseguí articular en un murmullo tembloroso, abrazando mi brazo herido.
La pequeña niña mira furiosa a su hermano, ignorando mis palabras por un momento, y continúa diciéndole con rabia que le dirá a su padre de que ha revelado imprudentemente lo que son ante un extraño. El miedo lo tenía atascado directamente en mi garganta, un nudo seco que no me dejaba respirar, y huir de ese claro ya no podía porque temía en lo más profundo de mi ser que lo que me hizo Damián en el bosque se volviera a repetir con más violencia si intentaba dar un solo paso hacia los muros.
—Yo no he dicho absolutamente nada y lo sabes a la perfección, Skaí; además, ella tampoco es una simple humana, así que técnicamente no le he revelado a ningún humano ordinario lo que somos en realidad. Ya quítate de una vez ese molesto hechizo, Skaí, de nada te sirve seguir ocultándote —respondió Damián, rodando los ojos con fastidio.
—¿Qué? ¿De qué hechizo estás hablando? —murmuro completamente confundida, mirando de uno al otro sin comprender una sola palabra de lo que decían.
Ella le dice con voz firme que la deje en paz y que no se meta en sus cosas, pero él simplemente la ignora de forma olímpica, da un paso al frente y se acerca peligrosamente a mí, diciendo con total seguridad que sabe muy bien lo que soy en realidad bajo mi fachada de chica tímida. Yo ni siquiera sabía de lo que estaba hablando, mi mente era un completo lienzo en blanco lleno de confusión y dolor, pero él no me creía en lo absoluto; fijó sus ojos carmesí en los míos y aseguró con total frialdad que esto que acababa de pasar solo era el doloroso principio de mi largo martirio a su lado.
—Te lo juro por mi vida… yo no te he hecho nada malo… no sé por qué me odias tanto —sollocé, tratando de alejarme de su imponente figura.
—Ya verás muy pronto que esto no acaba aquí, Elizabeth; apenas estamos comenzando —sentenció él con una sonrisa gélida. Luego, mira fijamente a su hermana menor; ella lo desafía abiertamente con la mirada durante unos largos y tensos segundos, pero al final, al ver que no ganaría nada discutiendo, da la vuelta y nos deja completamente solos en mitad del claro del bosque—. Ahora… quítate la camisa de una vez.







