CAPITULO 3

“¡Este tipo está completamente loco!”, grité desesperada para mis adentros, sintiendo cómo el pánico paralizaba cada fibra de mi ser. El miedo más profundo e irracional se apodera de mí por completo en este instante porque, de un momento a otro, caí en la dolorosa cuenta de que probablemente estaba sola en la penumbra con un posible y peligroso psicópata. “Mis padres tenían toda la razón del mundo al dudar, definitivamente no debí ir jamás a trabajar a esa maldita casa en las afueras”, me recriminaba internamente con una angustia asfixiante. Quise usar todas mis fuerzas para empujarlo y quitárselo de encima de una buena vez, pero todos mis esfuerzos físicos resultaron inútiles; el cuerpo de este chico es increíblemente denso y pesado, es exactamente como si fuera una enorme roca sólida la que estuviera sujetándome contra la fría pared del callejón.

—Escúchame muy bien lo que te voy a decir, Elizabeth —siseó muy cerca de mi oído, y mis piernas comienzan a temblar de forma violenta cuando siento su fría mano rodear con firmeza mi frágil cuello, ejerciendo una presión amenazante que me cortaba el aliento—. Eres mía… absolutamente nadie más en este mundo tiene permitido acercarse a ti ni ponerte un dedo encima. Si alguien comete el error de hacerlo, tú misma pagarás las peores consecuencias de su atrevimiento, ¿quedó claro?

Mi vista se nubla gradualmente debido a las lágrimas contenidas y a la falta de aire, mientras siento de manera interna que mi acelerado corazón corre desesperado para esconderse ante el terrible e insoportable miedo que estaba sintiendo en este horrible callejón. El aura oscura, fría y sobrenatural que emana constantemente de este misterioso chico me causa tanto terror psicológico que, viéndome completamente acorralada y sin ninguna posibilidad real de defenderme o escapar, no tuve más opción que aceptar sumisamente cada una de sus despiadadas condiciones.

—Nos vamos a divertir mucho de ahora en adelante, ya lo verás —añadió con una sonrisa macabra. Lo escalofriante y tétrico que sonó eso en la oscuridad absoluta me hizo romper a llorar con amargura, incapaz de contener los sollozos—. Elizabeth… —se ríe con malicia al decir mi nombre en voz alta, saboreando cada sílaba como si fuera un chiste muy divertido para él—. Ni siquiera eres digna de portar un nombre tan hermoso y delicado, ya que la verdad eres una chica sumamente fea.

Tras soltar ese cruel insulto que terminó de destrozar mi ya golpeada dignidad, él se alejó lentamente de mí, dándose la vuelta y perdiéndose en la noche, mientras yo me quedo completamente paralizada en mi sitio, sumida en un estado de shock absoluto, sin poder creer que esto tan terrible me esté pasando realmente a mí. Me quedé completamente sola en la inmundicia del callejón mientras mi cuerpo, debilitado por la adrenalina, se desliza lentamente por la pared de ladrillos hasta caer sentada en el suelo húmedo, sin poder dejar de llorar ni un solo segundo. Con el dolor calando en mis huesos, me acurruco de forma fetal sobre el pavimento frío, abrazando mis rodillas con fuerza contra mi pecho, mientras lo último que dijo con desprecio se repite una y otra vez como un eco tortuoso en mi cabeza: “Eres fea… eres fea…”.

No sé con exactitud por cuánto tiempo me quedé llorando en esa misma posición, perdiendo por completo la noción de las horas; solo sé que cuando levanté la mirada el entorno era mucho más oscuro, denso y el día se había acabado por completo. Con las pocas fuerzas que me quedaban, me puse de pie y caminé a trompicones de regreso a casa. Al cruzar la puerta de la entrada, mi madre notó de inmediato mi aspecto desaliñado y vio que tenía los ojos sumamente hinchados y rojos por el llanto. Preocupada, se acercó a mí y me preguntó alarmada si había pasado algo malo en el camino, ya que llegué extremadamente tarde de la escuela; yo jamás acostumbro a llegar tarde a casa tras las clases, así que para ellos era una señal evidente de que algo grave pasó en la calle.

—Un chico… —comencé a decir con la voz rota, pero me detuve un instante a pensar en la aterradora e intensa mirada de ese chico nuevo de la escuela—. Un chico me invitó a comer un helado al salir de clases… y yo, tontamente, creí que era porque le gustaba de verdad, pero… yo lo malinterpreté todo por completo y estuve llorando por eso en el camino. Creí erróneamente que le gustaba a alguien por primera vez en mi vida.

Al escuchar mi inventada historia de desamor adolescente, mi mamá suspira aliviada y me abraza con un cariño inmenso y protector. Por encima de su hombro, observo detenidamente que mira a mi padre con complicidad, y él simplemente sonríe con una profunda tristeza reflejada en sus ojos. Él se acerca despacio hacia mí, me acaricia la cabeza con ternura y me dice con suavidad que es muchísimo mejor así, ya que para ellos yo siempre seré su pequeña bebé indefensa. Ellos siempre se preocupan en exceso por mí, me cuidan demasiado de los peligros del mundo exterior y a veces eso me gusta y me hace sentir segura, pero a veces creo con amargura que es precisamente por esa sobreprotección que soy tan frágil, asustadiza y débil ante cualquier intento de defenderme por mí misma, ya que ellos siempre lo hacen todo por mí.

Me pude tranquilizar un poco después de pasar unas largas horas encerrada por completo en la soledad de mi habitación, donde la oscuridad y el silencio son los únicos rincones donde encuentro un poco de consuelo y paz para mi alma atormentada. Inhalo profundo, tratando de sacar el aire contaminado de mis pulmones, y de la nada mi celular vibra sobre la cama, rompiendo la calma. Me pareció sumamente extraño el sonido ya que nadie nunca me escribe ni me llama, debido a que no tengo amigos en la escuela ni conocidos en la ciudad. Al desbloquear la pantalla, mis ojos leyeron el texto recibido:

“¿Puedes cuidar a nuestra hija el fin de semana completo?”.

Era un mensaje directo de la madre de ese loco de Damián. Al leerlo, un frío glacial me recorrió la columna. No, no, no… volver a pisar esa mansión es exactamente como regresar por voluntad propia a la boca del lobo, y yo prefiero mil veces mantenerme lo más alejada posible de ese chico tan siniestro. Ya se nota a leguas que es exactamente igual de cruel o peor que los demás que me han lastimado antes. Con los dedos temblorosos, rechacé amablemente su oferta de trabajo, pero casi de inmediato ella me envió otro mensaje diciendo que estaba dispuesta a pagarme mucho más dinero por cubrir el fin de semana. Me detuve a pensar por un segundo en que el dinero que me dio la primera vez nos vino de absoluta maravilla en casa, ya que gracias a eso solventamos algunos gastos médicos urgentes y compramos suficiente comida para la quincena.

En ese instante de duda, recibo otro mensaje de ella en mi bandeja de entrada, y esta vez me especificaba con números la enorme cantidad exacta que me pagaría por mis servicios, dejándome por completo con la boca abierta de la pura impresión porque es muchísimo más dinero de lo que jamás me imaginé ganar en toda mi vida. Sin embargo, al final del texto había una condición obligatoria que no se podía negociar: debía quedarme a dormir en su casa durante esos días, y eso me erizó la piel por completo porque ya quedarme a pasar la noche en ese lugar desconocido representa un peligro inminente para mí.

«Lo siento mucho, pero no puedo quedarme por la noche a dormir en su propiedad, mis padres son muy estrictos con esas cosas y definitivamente no me dejarían hacerlo», le respondí a través de un mensaje de texto, tratando de mantener una distancia prudente y definitiva.

Casi de inmediato, la pantalla de mi teléfono celular se iluminó con la respuesta de la elegante mujer: «La casa es sumamente grande así que no hay ningún problema de espacio, además solo es una noche, por favor, piénsalo con calma. Sé perfectamente que eres una buena chica y eres, de hecho, en la primera persona en la que confiamos plenamente para dejar a nuestra pequeña; por eso mismo te lo pido como un favor especial. Piénsalo bien estos días y me das una respuesta definitiva en dos días».

Para mí, internamente, no había absolutamente nada que pensar o analizar con respecto a esa tentadora pero peligrosa oferta de empleo. No iba a aceptar, de ninguna manera, mucho menos después de lo que pasó en el callejón oscuro con ese chico tan siniestro y desequilibrado. El solo hecho de pensar en la aterradora idea de pasar una noche completa bajo el mismo techo que él me altera los nervios y me causa un profundo terror psicológico; un sujeto con esas extrañas habilidades y esa mirada perturbadora puede llegar a hacer cualquier cosa en la intimidad de su hogar y nadie vendría a salvarme. Así que mi mente repetía una y otra vez: no, no, no. Definitivamente mi respuesta es un rotundo y absoluto no.

Al día siguiente por la mañana, llegué a las instalaciones de la escuela con los ánimos por los suelos y una pesadez enorme en el cuerpo, ya que en el fondo de mi alma lo único que quería era darme la vuelta y regresarme corriendo a casa, porque sabía perfectamente el infierno de burlas que me esperaba en los pasillos. De la nada, justo antes de cruzar el umbral de la entrada principal de la escuela, siento un fuerte y violento golpe seco en mi hombro que me desestabilizó por completo, provocando que dejara caer mi mochila directamente al suelo. El intenso y punzante dolor que comenzó a irradiar por todo mi brazo izquierdo me obligó a agacharme mientras intentaba ver qué había pasado exactamente.

—¡¡Touchdown!! —gritó uno de los deportistas populares con una voz cargada de burla descarada.

Al escuchar el grito, todos los estudiantes que se encontraban alrededor comenzaron a reírse a carcajadas de mi torpeza, mientras entraban en tropel a las clases. Uno de ellos pasó por mi lado pateando mis pertenencias para recoger el pesado balón de fútbol americano con el que me acababan de golpear intencionalmente por la espalda. “¿Por qué me hacen esto? ¿Qué les he hecho yo para merecer este trato?”, me preguntaba en silencio mientras contenía las lágrimas de frustración.

Debido a que el dolor se volvió insoportable y apenas podía mover la articulación, tuve que ir directamente a la enfermería del plantel. La enfermera de turno me revisó de mala gana y me dio un analgésico genérico para aminorar el dolor, mientras me dice de forma fría que debo tener mucho más cuidado y fijarme por dónde camino a la próxima vez; la burda excusa de que me había golpeado accidentalmente con el marco de una puerta no me la creyó por supuesto, pero a ella en realidad no le importó en absoluto si mentía o no, simplemente quería deshacerse de mí para seguir con sus asuntos.

Saliendo de la enfermería un poco más calmada, caminé por el desolado pasillo lateral cuando, de repente, escuché unos extraños ruidos ahogados y risitas provenir directamente del interior de los baños. Al comenzar a caminar rápido para alejarme lo más posible de ese lugar inapropiado, me congelé en mi sitio; pude ver con total claridad que el mismo loco que me había acorralado el día anterior y me reclamó como suya, sale de los baños de chicas besándose apasionadamente con una de las porristas más cotizadas del instituto. En un segundo, nuestras miradas se cruzaron en el pasillo, pero él actuó como si yo no existiera o como si no me hubiera visto jamás; con total descaro, sujeta el trasero de la chica con fuerza y la mete nuevamente a los baños para continuar con lo suyo. Sin embargo, a los pocos instantes, ella salió corriendo hacia el pasillo en una especie de juego coqueto para que él la siguiera, pero Damián no lo hizo.

Al ver que él salía del baño y venía caminando con paso firme hacia donde yo estaba, el pánico me dominó y quise huir a toda prisa, pero en mi prisa choqué torpemente contra un chico alto del equipo de fútbol que iba pasando con una bandeja de comida en las manos. Este, sumamente molesto, me empujó con brusquedad hacia atrás, haciendo que cayera de espaldas al suelo y que el golpe previo de la pelota regresara con más fuerza al impactar contra el frío pavimento.

—No puede ser… ¡Eres una estúpida! ¡Mira, ya manchaste mi chaqueta nueva con el kétchup de mi comida! —bramó el estudiante, mirándome con una furia desmedida.

Me quedé tirada en el piso, paralizada por el dolor y el miedo, viendo que el enorme chico cerraba los puños y venía directo hacia mí con la clara intención de golpearme como castigo por su ropa. Cerré los ojos esperando el impacto, pero de la nada ya no tenía su amenazante imagen frente a mí, sino la imponente espalda de alguien más que se había interpuerto en el último segundo. De pronto, al abrir los ojos con incredulidad, vi al chico que quiso golpearme arrodillado en una rodilla sobre el suelo; estaba completamente incrédula de lo que estaba viendo en ese pasillo. Damián tenía sujeto su puño con una fuerza descomunal y le hizo una llave de sumisión en el brazo que lo hizo quejarse y gemir de puro dolor.

—Ella me pertenece a mí, ¿entiendes? —sentenció Damián con una voz que heló la sangre de todos los presentes—. Solo yo tengo el derecho de tocarla o hacerle algo.

—Sí, amigo… lo siento, suéltame ¡ah!… —suplicó el deportista con el rostro pálido.

El chico cae pesadamente al suelo cuando Damián finalmente lo suelta con desprecio. Se levanta enseguida del piso, sacudiéndose el uniforme, y murmuró entre dientes que sabía perfectamente que Damián era un tipo extraño por los retorcidos gustos que tenía al fijarse en alguien como yo. Pero Damián, ignorando los murmullos de los estudiantes que se habían agrupado a observar, aclaró con firmeza ante todos que desde ahora… yo, sería oficialmente su juguete nuevo, por lo que el chico agresor se va rápidamente del pasillo sin decir nada más para evitar buscarse problemas mayores.

Cuando Damián vuelve su fría vista hacia mí, me sujeto con fuerza de su mano, pero no puedo evitar quejarme en voz alta por la extrema brusquedad que utiliza al levantarme del suelo de un solo tirón.

—Te lo dije claramente ayer, Elizabeth: nadie en esta escuela debe atreverse a tocarte —me reclamó en un susurro áspero, sus ojos brillando con esa intensidad peligrosa.

—¿Qué? Pero si yo no hice nada, ellos me empujaron… —intenté defenderme con voz temblorosa, asustada por su cercanía.

Él se inclinó un poco, rompiendo mi espacio personal, y con un tono de voz amenazante que no dejaba espacio a las dudas, sentenció antes de dar la vuelta:

—Te veo el fin de semana en mi casa, porque irás y te quedarás a dormir allí como dijo mi madre, o en verdad lo vas a lamentar el resto de tu vida.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App