Divorcio con embarazo: él la perdió para siempre
A los diez años, tras perder trágicamente a sus padres, el destino de Natalia Rojas quedó sellado por las matriarcas de ambas familias: un compromiso arreglado con Diego Ferrer.
A los catorce, Diego le dijo:
—De ahora en adelante, me tienes a mí.
Pero la ironía del destino fue cruel: quien hizo la promesa fue el mismo que terminó haciéndola pedazos.
Cinco años de casados y Natalia seguía sin encontrar una chispa de calor en el corazón de Diego. Llegó a pensar que Diego era un hombre gélido por naturaleza, hasta que fue testigo de cómo se volvía pura ternura frente a la mujer que él realmente amaba.
En ese instante, Natalia guardó el resultado de embarazo que llevaba en la mano y lo reemplazó por el acta de divorcio. Desde entonces, cada uno siguió su propio camino.
Ya divorciado, la vida de Diego se desmoronó en un caos absoluto. ¿Dónde está la corbata? ¿Y el cargador del celular? ¿Por qué el café ya no sabe como siempre?
Toda la alta sociedad esperaba ansiosa ver el fracaso de Natalia, pero ella, con una dignidad inquebrantable, regresó a la escena profesional para brillar con luz propia. Rompió récords nacionales y se consagró como la pintora revelación del momento, la artista más codiciada.
Hasta que alguien fue testigo de lo impensable. En un rincón oscuro, Diego la sujetaba de la cintura, murmurando con una humildad desconocida y desesperada:
—Natalia, dime qué es lo que no te gusta de mí y te juro que lo cambio.
—No me gusta... que me sigas queriendo.
—Pues eso no lo cambio ni aunque me muera.