Mundo ficciónIniciar sesiónLa limusina se deslizaba por la autopista mojada como un depredador silencioso. Dentro, el aire acondicionado filtraba cualquier rastro del olor a lluvia y desesperación que Elena traía consigo. Marcus, desde el asiento del conductor, mantenía una discreción absoluta, pero Elena podía sentir su alivio. Él siempre había odiado verla entrar en la mansión Miller; para un hombre que había jurado proteger a la realeza empresarial, ver a su protegida jugar a ser una ama de casa sumisa había sido un insulto personal.
Elena se envolvió en la toalla de cachemira. La suavidad del tejido contra su piel era el primer recordatorio de la vida que había rechazado. Cerró los ojos y, por un segundo, la imagen de Sebastián besándola el día de su propuesta de matrimonio cruzó su mente. En aquel entonces, sus ojos brillaban con algo que ella juraría que era amor verdadero. Él no siempre había sido el monstruo frío que la acababa de echar. Durante el primer año, Sebastián la presumía, la protegía de las lenguas viperinas de la ciudad y parecía fascinado por su sencillez.
Pero el éxito es un veneno para los hombres de voluntad débil. A medida que Industrias Miller crecía —gracias a los hilos que Elena movía en secreto—, el ego de Sebastián se inflaba. Empezó a aburrirse de la "paz" del hogar. Su madre, la señora Miller, que al principio la abrazaba como a una hija, empezó a notar que Elena no traía un apellido de renombre ni una dote visible. Pronto, las invitaciones a eventos familiares dejaron de llegar, y los susurros sobre las "amigas" de Sebastián empezaron a ser el pan de cada día en las cenas de los Miller. Su propia suegra le decía, con una sonrisa cínica: "Un hombre como Sebastián necesita estímulos, querida. Deberías agradecer que al menos regresa a dormir contigo".
Elena apretó los puños. El recuerdo de esa humillación le dio la fuerza que necesitaba para abrir los ojos. El coche ya subía por la colina privada hacia la residencia Valerius.
Si la mansión de los Miller era una muestra de riqueza, la de los Valerius era un monumento al poder absoluto. Una fortaleza de mármol blanco y cristal blindado que dominaba la ciudad desde lo más alto. Las puertas de hierro se abrieron automáticamente y la limusina se detuvo frente a una escalinata donde dos filas de empleados esperaban bajo paraguas negros, perfectamente alineados.
Elena bajó del coche. Ya no caminaba con la cabeza baja. Al entrar al gran vestíbulo, el sonido de sus tacones —aunque mojados— repicaba con una autoridad olvidada.
—Bienvenida, señorita Elena —dijo el mayordomo principal, inclinándose con una reverencia que ningún Miller le había hecho jamás.
Ella no respondió. Caminó directamente hacia las puertas dobles de la biblioteca de su padre. Al abrirlas, el aroma a tabaco caro, cuero antiguo y whisky la golpeó. Arthur Valerius estaba sentado tras su escritorio de roble, observando un monitor que mostraba el valor de las acciones del mercado global en tiempo real. No se levantó de inmediato. Solo cuando Elena se detuvo frente a él, Arthur levantó la mirada.
—Llegas tarde, hija —dijo él, aunque sus ojos oscuros la escaneaban de arriba abajo con una mezcla de orgullo y dolor—. Tres años tarde, para ser exactos.
—El tiempo es relativo, padre —respondió Elena, dejando caer la toalla de cachemira sobre una silla—. Lo importante es que he vuelto con una lección aprendida que ninguna universidad de negocios podría haberme enseñado. Ahora sé exactamente cómo piensan los hombres que se creen dueños del mundo solo porque tienen un par de millones en el banco.
Arthur se puso de pie. Se acercó a ella y, por primera vez en años, puso una mano sobre su hombro.
—Sebastián Miller fue una pérdida de tiempo. Un error de juventud que te permití cometer para que pudieras ver la realidad por ti misma. ¿Estás lista para lo que sigue? El Grupo Imperial no acepta debilidades. Si vas a sentarte en mi junta directiva, Elena, la mujer que lloraba por un aniversario muerto debe desaparecer esta misma noche.
Elena lo miró fijamente.
—Esa mujer murió en el momento en que firmé el divorcio, padre. Mañana, Sebastián descubrirá que el "lastre" que soltó era en realidad el ancla que evitaba que su barco se hundiera. Quiero acceso total a las cuentas de inversión. Quiero que el equipo de adquisiciones empiece a comprar la deuda de Industrias Miller de forma agresiva. Y quiero a los mejores estilistas y expertos en imagen en mi habitación en diez minutos.
Arthur sonrió, una expresión que en él parecía más una amenaza que un gesto de alegría.
—Esa es mi hija. Tu habitación está lista. Todas tus cosas están exactamente como las dejaste. Mañana a las ocho, tenemos la primera reunión estratégica. No me falles.
Subir las escaleras de su antigua casa se sentía como recuperar un territorio conquistado. Al entrar en su suite, un equipo de cuatro personas la esperaba.
—Señorita Valerius, es un honor —dijo el estilista principal—. Tenemos las órdenes del señor Arthur. Mañana el mundo debe ver un cambio total.
Elena se miró en el espejo del vestidor. Sus ojos estaban rojos por el llanto previo, su cabello estaba desordenado por la lluvia y su ropa de "esposa de casa" estaba arruinada. Parecía una víctima.
—Corten el cabello —ordenó ella, sentándose en la silla—. Lo quiero corto, sobre los hombros, un corte que grite autoridad. Desháganse de este color castaño apagado; quiero un brillo que destaque bajo las luces de la oficina. Y preparen un traje de poder. Nada de flores, nada de tonos pastel.
Durante las siguientes tres horas, Elena fue sometida a una transformación que era tanto física como mental. Con cada mechón de cabello que caía al suelo, sentía que se despojaba de un insulto de su suegra, de una mentira de Sebastián, de una cena desperdiciada. El maquillaje ocultó sus ojeras, resaltando sus pómulos altos y su mirada gélida. Sus labios fueron pintados de un rojo carmesí profundo, el color de la guerra.
Cuando finalmente terminó, se puso un traje de seda gris grafito hecho a medida. Se miró al espejo y no reconoció a la mujer que hace unas horas suplicaba por un poco de atención en una cena fría. Esta mujer era imponente, elegante y letal.
Se acercó a su escritorio personal y abrió una computadora portátil de alta seguridad. Sus dedos volaron sobre el teclado. Entró en el servidor privado que gestionaba las inversiones anónimas del Grupo Imperial.
—Veamos, Sebastián —susurró para sí misma—. Dijiste que yo no tenía conexiones. Vamos a ver cómo reaccionan tus inversores europeos cuando se enteren de que la "garantía de capital" que sostenía tu gran trato acaba de ser retirada por falta de confianza en tu liderazgo moral.
Con un solo click, Elena canceló la transferencia de fondos que Industrias Miller esperaba para la mañana siguiente. Eran cincuenta millones de dólares que Sebastián necesitaba para no entrar en cese de pagos.
—Esto es solo el desayuno, amor mío —dijo ella, cerrando la pantalla con firmeza.
Se levantó y caminó hacia el ventanal que daba a la ciudad. A lo lejos, podía ver las luces de la zona financiera donde el logo de los Miller brillaba con arrogancia. Disfrutó del silencio de la habitación, un silencio que ya no era pesado, sino poderoso.
Elena Valerius se fue a dormir esa noche sabiendo que, mientras ella descansaba en sábanas de seda, el mundo de Sebastián Miller estaba a punto de empezar a arder. Y ella sería quien sostendría el fósforo.







