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El silencio en la mansión Miller no era pacífico; era denso, casi sólido, como el aire antes de una tormenta eléctrica. Elena Valerius miró el reloj de pared de caoba y oro, marcaba las 11:45 p.m.
Faltaban quince minutos para que su tercer aniversario de bodas terminara formalmente, convirtiéndose en otro recordatorio de su fracaso. Sobre la mesa del comedor, un banquete que había preparado con todo el cariño del mundo, se enfriaba bajo la luz tenue de los candelabros.
Elena pasó la yema del dedo por el borde de su copa de cristal. Sus manos, finas y pálidas, estaban desnudas de joyas, a excepción de una alianza de oro sencilla que empezaba a sentir como una cadena de hierro. Durante tres años, se había esforzado por ser la esposa invisible, la mujer que no pedía nada, que no causaba escándalos y que soportaba los desplantes de la familia de su esposo, quien al inicio la amaban, pero luego, poco a poco fueron dejándola a un lado y apoyando las infidelidades de Sebastián.
De pronto, el rugido de un motor de alta cilindrada rompió la quietud de la noche. El chirrido de los neumáticos sobre la entrada de la casa hizo que el corazón de Elena diera un vuelco involuntario. Todavía, después de tanto desprecio, una parte estúpida de ella esperaba una disculpa.
La puerta principal se abrió de un fuerte golpe. Sebastián Miller entró en el salón como un huracán de arrogancia y perfume caro. Se estaba desabrochando la corbata de seda, su rostro perfecto endurecido por el fastidio. Ni siquiera se detuvo a mirarla.
—¿Qué haces todavía levantada, Elena? —Su voz era fría y carente de cualquier matiz de afecto—. Te he dicho mil veces que odio llegar y sentir que me están vigilando.
Elena se puso de pie, sus piernas sintiéndose pesadas.
—Son las doce, Sebastián. Es nuestro aniversario. Preparé la cena que te gusta, la que comimos el día que nos conocimos en aquel pequeño restaurante...
Él soltó una carcajada seca, un sonido metálico que cortó el aire. Se giró hacia ella, y Elena notó una mancha sutil en su cuello de camisa. No era vino. Era labial rojo. Un tono que ella nunca usaba.
—¿Aniversario? —Sebastián se acercó a la mesa, miró el plato frío con asco y luego la miró a ella como si fuera un insecto molesto—. Elena, el mundo no se detiene porque tú decidas jugar a la casita. He estado cerrando el trato de mi vida con los inversores europeos. ¿De verdad esperas que me importe una cena fría cuando estoy construyendo un imperio?
—Yo también ayudé a construir ese imperio, Sebastián —susurró ella, su voz temblando ligeramente—. Cuando tu empresa estaba al borde de la quiebra hace dos años, fui yo quien...
—¡Basta! —Él golpeó la mesa con el puño, haciendo que los cubiertos sonaran—. No empieces con tus delirios de grandeza. Lo que sea que hiciste fue mínimo. Eres una esposa de casa, Elena. Una mujer que no tiene conexiones, que no tiene apellido y que, francamente, ha empezado a aburrirme con su sumisión patética.
Sebastián sacó un sobre de manila de su maletín de cuero y lo arrojó sobre el plato de Elena, ensuciando el papel con la grasa del solomillo frío.
—Fírmalo. He terminado con esto.
Elena sintió que el mundo se inclinaba. Sus dedos rozaron el sobre. Sabía lo que era antes de abrirlo.
—¿Divorcio? — Dijo con voz temblorosa y sollozante.
—Divorcio —confirmó él, sirviéndose un whisky del bar sin ofrecerle nada—. Camila ha regresado. Ella es la hija de un magnate, tiene la chispa y el estatus que necesito a mi lado. Alguien como ella puede sostener una conversación con presidentes. Tú... tú solo sabes esperar con cenas que nadie quiere comer. Eres una carga, Elena. Una mujer "común" que ya no encaja en mi ascenso al poder.
Elena miró el sobre y pensó, "una carga común". Si él supiera. Si tan solo tuviera una pizca de idea de que el apellido Miller solo seguía en pie porque la "mujer común" frente a él había dado órdenes secretas desde las sombras para protegerlo. Elena había renunciado a su padre, el dueño del Grupo Imperial, y a su herencia billonaria solo para demostrar que podía ser amada por quién era, no por su cuenta bancaria. Qué error tan amargo.
—¿Así que eso soy para ti? ¿Una carga de la que te deshaces porque encontraste un modelo más brillante? —Elena levantó la vista. Ya no había lágrimas en sus ojos, solo una chispa de algo antiguo y peligroso que Sebastián nunca había visto.
—Míralo como una liberación —dijo él, bebiendo su whisky de un trago—. Te daré una pensión generosa. Podrás comprarte una casita en los suburbios y vivir tu vida sencilla. Es más de lo que mereces por tres años de nada.
Elena tomó la pluma de plata de la mesa. Sus dedos, antes temblorosos, ahora estaban firmes como el acero. Firmó cada página con una caligrafía impecable y elegante, una firma que emanaba autoridad.
—No quiero tu dinero, Sebastián. Quédate con tus migajas —dijo ella, deslizando el sobre de vuelta—. Mañana por la mañana, este lugar dejará de ser mi problema. Pero recuerda esto: el poder es una ilusión que puede desaparecer en un parpadeo.
Sebastián soltó una risita burlona, guardando los papeles.
—Suerte con eso, Elena. Intenta no gastar lo poco que tienes en velas para alguien que no va a llegar.
Él subió las escaleras, dejándola sola en la penumbra. Elena no lloró. Caminó hacia la entrada de la mansión, abrió la puerta y sintió la lluvia fría golpeándole el rostro. Era purificador. Sacó su teléfono y marcó un número que conocía de memoria, aunque no lo había usado en mucho tiempo.
El teléfono sonó una vez.
—¿Diga? —La voz del otro lado era ronca, poderosa y llena de una autoridad que hacía que la de Sebastián pareciera la de un niño berrinchoso.
—Padre —dijo Elena, caminando hacia la puerta de la propiedad mientras el agua empapaba su vestido—. Tenías razón. Me dijiste que el amor era un juego para gente sin ambición. Me equivoqué.
Hubo un silencio cargado de electricidad al otro lado. Arthur Valerius, el hombre que controlaba los hilos del comercio continental, contuvo el aliento.
—¿Elena? ¿Estás volviendo a casa?
—No solo estoy volviendo a casa, padre —Elena vio un coche negro con vidrios blindados aparecer en la esquina, su seguridad privada que nunca la había abandonado del todo—. Quiero mi lugar en la junta. Quiero el control del Grupo Imperial. Y quiero que Industrias Miller sea la primera empresa que borremos del mapa.
—Bienvenida a la guerra, hija mía —respondió Arthur con una satisfacción oscura—Tu coche está en la puerta. Tu oficina te espera al amanecer.
Elena cerró el teléfono y lo lanzó al fango del jardín. Se subió a la limusina, donde Marcus, su antiguo guardaespaldas, la esperaba con una toalla de cachemira y una mirada de alivio.
—Señorita Elena, es un honor verla recuperar su corona —dijo el hombre mientras cerraba la puerta blindada.
—El honor será mío, Marcus —respondió ella, mirando por la ventana cómo la mansión de Sebastián se hacía pequeña en la distancia—. Mañana, el mundo sabrá que Elena Valerius no es la esposa de nadie. Yo soy la dueña del imperio.
Mientras el coche se alejaba a toda velocidad, Elena se quitó el anillo de bodas y lo dejó caer en el suelo del vehículo. Ya no era una sombra. Ya no era un mueble. La heredera más poderosa del mundo había despertado, y el CEO que la despreció no tenía idea de que acababa de firmar su propia ruina.







