La noche aún se deshilachaba en los márgenes de la madrugada cuando Alexander regresó al interior de la mansión. Sus pies pesaban como si el mármol del suelo intentara absorber su energía. Había logrado que Sofía se marchara, sí, pero la victoria se sentía como un triunfo pírrico. Cada segundo en esa casa era una bofetada a su propia soberbia; cada sombra en los pasillos le recordaba la magnitud de la mentira que había construido. Apenas eran las dos de la mañana, y el silencio en la suite prin