Mundo ficciónIniciar sesiónEl sol de la mañana se filtraba a través de las cortinas de seda de la suite Valerius, pero Elena ya estaba despierta mucho antes de que la primera luz tocara el horizonte. Se encontraba de pie frente al espejo, ajustándose los puños de su blusa de seda blanca bajo el saco gris grafito. Cada movimiento era preciso, despojado de la vacilación que la había acompañado durante sus años en la mansión Miller. Ya no era la mujer que revisaba el reloj esperando que un marido infiel volviera a casa; ahora, el tiempo le pertenecía a ella.
Abajo, en la entrada, Marcus mantenía la puerta abierta de un Rolls-Royce Phantom negro. El brillo del vehículo bajo el sol matutino era casi cegador. Al subir, Elena sintió el peso de la responsabilidad, pero también una euforia fría que le recorría las venas.
—Al edificio central, Marcus —ordenó, su voz resonando con una claridad cristalina—. Y asegúrate de que el equipo de seguridad esté listo. No quiero filtraciones hasta que yo decida mostrar mi rostro.
El trayecto hacia el distrito financiero fue corto pero simbólico. Mientras el coche avanzaba, Elena observó por la ventana el edificio de Industrias Miller. A esa hora, Sebastián probablemente estaría entrando a su oficina, radiante de arrogancia, esperando que los cincuenta millones de dólares aparecieran en sus cuentas para sellar el trato con los europeos. No tenía idea de que el suelo bajo sus pies ya se había agrietado.
Cuando el Rolls-Royce se detuvo frente a la imponente torre de cristal del Grupo Imperial, el mundo pareció detenerse. Los empleados que entraban al edificio se quedaban mirando el vehículo, murmurando sobre quién podría ser el ocupante. Marcus rodeó el coche y abrió la puerta. Elena emergió, sus tacones de aguja golpeando el pavimento con un sonido rítmico, como un tambor de guerra.
La recepción del Grupo Imperial era un vasto espacio de mármol negro y pantallas gigantes que mostraban el poderío de la empresa en cinco continentes. Arthur Valerius ya estaba allí, rodeado por un séquito de ejecutivos y abogados. Al verla entrar, el silencio se apoderó del vestíbulo. Los directores que recordaban a la Elena dulce y rebelde de hace años quedaron petrificados. La mujer que caminaba hacia ellos, con el cabello corto y los labios carmesí, desprendía un aura de mando que rivalizaba con la de su padre.
—Señores —dijo Arthur, su voz retumbando en el gran salón—, les presentó a la nueva Presidenta Ejecutiva del Grupo Imperial. Mi hija, Elena Valerius. A partir de hoy, su palabra es la mía. Cualquier duda sobre su autoridad será considerada una renuncia inmediata.
Elena no se detuvo a saludar. Pasó por delante de ellos con la mirada fija en los ascensores privados.
—A la sala de juntas. Ahora —dijo ella, sin mirar atrás.
Mientras tanto, a solo unas calles de distancia, el ambiente en Industrias Miller era radicalmente distinto. Sebastián Miller entró en su oficina con una sonrisa triunfante, saludando a su secretaria con una ligereza que no mostraba el menor remordimiento por haber destruido su matrimonio la noche anterior. En su mente, ya se veía celebrando en un yate con Camila, brindando por su nueva libertad y su nuevo capital.
Se sentó en su sillón de cuero y abrió su computadora personal.
—¿Dónde está el informe de tesorería? —gritó a través del intercomunicador—. Quiero la confirmación de la transferencia de los europeos.
Minutos después, su director financiero, un hombre llamado Robert que solía ser cercano a Elena, entró en la oficina con el rostro pálido y sudor en la frente.
—Sebastián... tenemos un problema grave.
—No tengo tiempo para problemas, Robert. Solo dime que el dinero está ahí —respondió Sebastián.
—Ese es el punto. No está. Recibimos una notificación hace diez minutos. El fondo de inversión anónimo que garantizaba el flujo de caja ha retirado su respaldo de forma unilateral. Dicen que... que el liderazgo de la empresa ya no cumple con los estándares de estabilidad ética necesarios para sus activos.
Sebastián se puso de pie de un salto, su rostro enrojeciendo de ira.
—¡Eso es imposible! Ese fondo ha estado con nosotros desde hace dos años. ¡Busca quién es el responsable! ¡Llama a los abogados! Si ese dinero no entra antes del mediodía, el contrato con los europeos se anula y entraremos en cese de pagos con los proveedores.
—Estamos intentándolo, pero el fondo está blindado por el Grupo Imperial —explicó Robert, con voz temblorosa—. Parece que alguien con mucho poder decidió cortarnos el oxígeno, Sebastián.
De vuelta en la torre del Grupo Imperial, Elena presidía la mesa de la junta directiva. Frente a ella, los mapas financieros de Industrias Miller estaban desplegados en las pantallas táctiles.
—Industrias Miller es vulnerable —comenzó Elena, su voz tranquila pero cargada de una intención letal—. Han crecido demasiado rápido basándose en créditos que yo misma autoricé desde las sombras. Ahora, vamos a recuperar lo que es nuestro. Quiero que compren todas las deudas pendientes que Miller tiene con los bancos locales. Ofrézcanles un diez por ciento más del valor nominal, pero quiero esos pagarés en mi escritorio esta tarde.
—Señorita Valerius —intervino uno de los abogados más antiguos—, eso es una toma de control hostil. Sebastián Miller luchará. Su familia tiene influencias en la ciudad.
Elena soltó una risa seca, un sonido que hizo que varios hombres en la sala se estremecieran.
—Que luche. Quiero que use cada recurso que tiene intentando salvar su barco mientras nosotros le quitamos las tablas una por una. Su familia... —Elena hizo una pausa, recordando cómo su suegra se burlaba de ella—, su familia aprenderá muy pronto lo que significa no tener amigos en la cima.
—¿Y respecto al evento de la próxima semana, Presidenta? —preguntó su secretaria ejecutiva.
—Mantengan la invitación para los Miller —ordenó Elena—. Quiero que Sebastián asista a la Gala de la Amistad Empresarial. Quiero que vea cómo sus supuestos aliados le dan la espalda cuando Alexander Sterling se siente a mi lado.
Elena se levantó y caminó hacia el ventanal de la sala de juntas, observando la ciudad a sus pies. Sabía que Sebastián estaría en ese momento llamando desesperadamente a todos sus contactos, dándose cuenta de que ninguna puerta se abría. Lo que él no sabía es que la "mujer común" que él despreció era la dueña de todas las llaves.
—Marcus —llamó Elena por su auricular—. Haz una reserva en el restaurante más exclusivo de la ciudad para esta noche. Y asegúrate de que la prensa sepa que la heredera Valerius ha regresado. Es hora de que el mundo empiece a ver el rostro de quien va a comprar sus pesadillas.
Elena regresó a su oficina, la oficina que una vez perteneció a su abuelo y que ahora era su fortaleza. Se sentó en la silla de mando y suspiró. El dolor de la noche anterior seguía ahí, un eco sordo en su pecho, pero ahora estaba cubierto por una armadura de ambición. Sebastián la había amado una vez, y ese amor había sido su debilidad, pero él la había transformado en algo que él nunca podría controlar.
Al mirar su teléfono, vio un mensaje de un número desconocido.
"He oído que la Reina ha reclamado su trono. Te espero para cenar esta noche. No acepto un no por respuesta. — A. Sterling"
Elena sonrió. Alexander Sterling, el hombre que Sebastián más odiaba, ya estaba moviendo sus fichas. El juego acababa de volverse mucho más interesante.







