Narrado por Teo
La mañana llegó sin pedir permiso, filtrándose por las rendijas de la persiana como una verdad que ya no podía postergarse. Dormí poco. O tal vez no dormí en absoluto. Había cerrado los ojos, sí, pero cada vez que la oscuridad me tocaba, traía consigo la imagen de Karina, su mirada rota, su voz silenciosa, su presencia tan viva que dolía más que su ausencia.
Me obligué a levantarme. A caminar. A mover el cuerpo como si eso bastara para mover el alma. Preparé un café que no tomé,