Narrado por Karina
Las palabras de Dante me atravesaron como un rayo. Quería que te embarazaras de mí. Su voz sonaba rota, como si al pronunciarlas se estuviera deshaciendo en mil pedazos. Y lo entendí. Él también había sido víctima de ese plan, tan inocente y ciego como yo.
Me llevé las manos al vientre, instintivamente, como si buscara proteger a mi hijo del veneno que flotaba en el aire. El silencio se volvió insoportable. No era el silencio habitual de mi vida, ese que me había acompañado como un manto. Este era distinto: tenía filo, pesaba, me hundía.
Miré a Dante. Su rostro estaba empapado en lágrimas, la mandíbula tensa, los ojos encendidos de rabia y vergüenza. Vi a ese niño que aún confiaba en sus padres, ahora roto frente a mí, reconociendo que su madre había manipulado cada instante de nuestras vidas.
Me acerqué más, posando mi frente contra la suya. Mis labios temblaban. Y aunque no tenía fuerzas, la voz volvió a surgir, áspera y trémula, como si cada sílaba me costara el