Narrado por Karina
El aire del vestíbulo me supo distinto al salir de aquella oficina. Era como si hubiera atravesado un umbral invisible: de la sombra a la luz, de la sumisión al poder. Mis pasos resonaban en el mármol como un eco que no pertenecía a la niña rota que alguna vez había sido, sino a la mujer que acababa de recuperar lo que le pertenecía por derecho.
Dante caminaba a mi lado, el rostro tenso, pero con una serenidad que me sorprendía. Teo, en cambio, mantenía ese gesto impenetrable, el de un estratega que nunca deja ver cuánto de su propia alma está en juego. Aun así, lo conocía lo suficiente para notar el brillo sutil en su mirada.
—Ya está hecho —dije, más para mí que para ellos. Mi voz aún me parecía extraña, áspera, como si cada palabra tuviera que abrirse paso entre cicatrices antiguas.
Teo asintió apenas.
—Está hecho —repitió, pero en su tono no había alivio, sino advertencia—. Ahora empieza la verdadera guerra, Karina.
Dante me sostuvo la mano con fuerza, como si q