Narrado por Karina
El aire del atardecer era más denso que de costumbre, como si el mundo entero contuviera el aliento a mi alrededor. El regreso a casa fue silencioso. Dante conducía con ambas manos firmes al volante, pero con la vista perdida en el camino como si temiera que, si me miraba, el silencio que nos envolvía se deshiciera.
Aún sentía el eco de su beso, la tibieza de sus labios en los míos, y el temblor que había despertado en cada rincón de mi piel. Pero también cargaba con la culpa