La luz cálida del atardecer se filtraba por los ventanales amplios del refugio, bañando la sala común con un resplandor dorado. Afuera, los niños reían, corriendo entre los senderos de grava, mientras Rayan los perseguía con una pistola de agua, fingiendo ser un espía en misión secreta. Karina, desde una manta tendida en el césped, le lanzaba palomitas y advertencias:
—¡Si los mojas de nuevo, hoy duermes con los conejos!
Vanessa y Fabio preparaban limonada natural en la cocina rústica, mientr