La mansión que Adam y la familia Montero habían regalado a Isabella como presente de bodas parecía brillar bajo la luz de la tarde. Cada rincón de aquel hogar reflejaba elegancia y calidez, pero lo más especial estaba en el segundo piso: el cuarto de los bebés.
Las paredes, pintadas en un tono crema suave, estaban decoradas con delicadas ilustraciones de estrellas y nubes. Unas cunas blancas con encajes grises y detalles dorados descansaban en el centro, aunque nadie imaginaba que pronto sería