La noche cayó con una lentitud casi poética. El cielo se extendía en un manto oscuro salpicado de estrellas, y el grupo, todavía con el buen ánimo de la tarde, se había reunido alrededor de una fogata en el patio trasero del refugio. Los niños asaban malvaviscos, Karina tocaba una melodía suave en una guitarra prestada, y Rayan contaba historias sobre misiones antiguas que ahora parecían cuentos de fantasía.
Isabella se recostaba sobre una manta junto a Sebastián, con la cabeza sobre su pecho.