Habían pasado ya dos meses desde aquel día en que la vida de Isabella y Sebastián cambió para siempre. La llegada de Valentina y Alejandro, los gemelos, había llenado su mansión de risas, llantos, cantos de cuna y un amor indescriptible. El hogar parecía latir al compás de los pequeños, como si cada rincón se hubiera impregnado de su inocencia.
Sebastián, que antes se había mostrado siempre como un hombre fuerte y seguro, había aprendido en ese tiempo a cambiar pañales, preparar biberones y a