El sol se colaba entre las ventanas altas del refugio, proyectando haces dorados sobre el suelo de piedra antigua. Era temprano, pero los niños ya comenzaban a despertar, algunos con risas tímidas, otros con miradas de desconcierto. La rutina aún era nueva para ellos. Dormir sin cadenas. Comer sin contar los segundos. Caminar sin mirar hacia atrás.
Isabella estaba en la cocina común, con una bata de lana encima del pijama y el cabello recogido en un moño desordenado. Revolvía una olla de avena