La chica subió, y Ángel rodeó el auto, pero antes de abrir la puerta, miró a sus hombres y les hizo una seña para que desaparecieran.
Una vez que estuvo tras el volante, se alejó de su hotel. —¡Melany, lo lamento mucho, te prometí que no iba a interferir, pero te juro que me hirvió la sangre cuando él te golpeó!
Nunca lo iba a dejar pasar.
—¡No te disculpes! Debí suponer que actuaría así, es la forma que me castigaba.
—¡Es un maldito! Ángel todavía estaba con coraje.
—¡Señor Rockefeller, p