El regreso a la villa.
—Es magnífico… —espetó uno de los tipos mientras estiraba la mano y levantaba el rostro de una de las chicas.
Las pobres muchachas se escondían una tras otra. Sus rostros sucios reflejaban la desesperación, clamaban por ayuda. Evidentemente, sabían que serían negociadas. El miedo se dibujaba en sus miradas; temblaban ante la incertidumbre.
—Me gusta ella… ya tengo al cliente que pagará mucho por tenerla. —El tipo era un proxeneta. Sabía que ella elevaría aún más su negocio.
A un lado, Fabri son