El hombre ofrecía resistencia, su orgullo no le permitía arrodillarse. Pero no estaba frente a cualquiera, estaba frente a Ángel Roquefeller, un joven al que la vida le enseñó a los golpes que no se puede tener compasión por nadie.
—¡He dicho que te inques! —gritó Ángel, ejerciendo más presión sobre su agarre hasta doblarle el brazo hacia atrás—.
—¡No eres el primer perro al que enfrento por golpear a una mujer! Créeme, ya sé cómo tratarlos.
Hablaba de Fabricio, a quien también sometió cuando l