El viento del cementerio soplaba con una frialdad que le helaba la piel a Diana.
Ella se detuvo frente a la lápida de mármol gris, la misma que llevaba grabado el nombre de la mujer que casi destruye su vida: Camila.
Durante meses, ese nombre había sido sinónimo de pesadillas, de engaños y de la tragedia que ahora mantenía a su familia en vilo.
Con manos temblorosas, dejó un ramo de rosas blancas sobre la base de la tumba.
Era un gesto contradictorio, casi absurdo para cualquiera que conocier