—¡No me mates!
—Ahora me ruegas, yo soy Sebastián Olmos, jamás perdono.
El puñal se inserta en la garganta de Roque, el grandullón que por mucho tiempo fue el azote de la prisión yace muerto.
Sebastián envuelve el arma homicida y la oculta en el tanque del retrete.
Regresa silbando al área recreativa donde los prisioneros miran televisión.
“Ahora le toca el turno a Diana, por su culpa caí en este agujero, le haré tanto daño y deseará la muerte.”, una sonrisa malévola se asoma.
—Olmos tiene vis