—¡Son preciosas! —señaló la rubia, sacando la pequeña pulsera de la caja que tenía el moño mal acomodado, esto debido a que Leobardo no lo supo hacer perfecto, tal como estaba el de la otra cajita—. Ahora siento pena de que desinvitaras a tu mamá.
—Yo también sentí pena —declaró el futuro padre, viendo como el iluminado rostro de su amada sonreía al revisar detenidamente la pulserita entre sus dedos—. Pero Ethel es otra cosa, así que definitivamente fue lo mejor, aunque nos incomode.
La rubia a