—Tienes que contarme esa larga historia —dijo Ethel a su hermano cuando este llegó a ella luego de haberlo visto participar en un ridículo juego donde Estrella, con los ojos vendados, intentaba alimentarlo con una papilla amarilla—, creo que necesito escucharla.
—Esa larga historia no es mía —declaró el hombre que se limpiaba el rostro y la camisa con una toalla húmeda—, así que no estoy seguro de poder hacerlo.
Ethel no dijo más, solo volvió a mirar como ahora era el padre de la joven el que e