El silencio era casi sepulcral, y en la penumbra de una noche comenzando a nacer, se sentía casi incómodo.
Ni bien Leobardo había escuchado la puerta cerrarse, el lugar se transformó en una cueva que resaltaba el latir de dos corazones que se amaban profundamente, aunque, en realidad, no se comprendían del todo.
—No intentaba protegerme de ti —confesó de pronto la ronca voz de un hombre que ella había creído dormido—, confío en que no romperás mi corazón, es solo que, a veces, me porto como un