Mundo ficciónIniciar sesiónEl ático de Emily Rollings, situado en una de las torres más exclusivas de la Gold Coast de Chicago, era un santuario a la opulencia artificial. Todo allí era blanco, plateado y estéril, como si su dueña temiera que un poco de color pudiera revelar las manchas de su pasado. El aire estaba saturado con una fragancia de orquídeas blancas que, en lugar de refrescar, se sentía pesada y claustrofóbica.
Emily caminaba de un lado a otro sobre la alfombra de seda, sus tacones de aguja marcando un ritmo frenético y errático. Sostenía una copa de Chardonnay con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos. Su fachada de heredera perfecta, esa que había cultivado con la precisión de un cirujano durante una década, se estaba desmoronando por segundos. —¡Es una locura, Rose! ¡Una absoluta demencia! —exclamó Emily, girándose bruscamente hacia su invitada. Su voz, siempre modulada para sonar elegante, ahora rayaba en el pánico—. ¿Para qué remover una herida que ya cicatrizó? Blake estaba a un mes de la boda del siglo. Estaba a punto de entrar en la familia Rollings de la manera correcta. ¿Por qué animarla a ir a Nashville? ¿Por qué arruinarlo todo ahora, justo cuando la meta estaba a la vista? Rose, sentada en el sofá de terciopelo con una rectitud gélida, no se inmutó. La elegancia de Rose no era algo que pudiera comprarse en las boutiques de la Avenida Michigan; era una cualidad inherente, un derecho de cuna que Emily siempre había envidiado y estudiado. Rose dejó su teléfono sobre la mesa de mármol, con la pantalla hacia abajo, permitiendo que el indicador de grabación continuara su silencioso recorrido. —¿Arruinar qué, Emily? —preguntó Rose con una voz tan suave que resultaba amenazante—. ¿Una mentira de diez años? ¿Un matrimonio construido sobre los escombros de una vida que tú misma dinamitaste? Pareces muy asustada para ser solo "preocupación de amiga". Una verdadera amiga estaría aliviada de que Blake finalmente busque la verdad. Emily soltó una carcajada seca, carente de humor, y bebió un largo trago de vino. —La verdad no sirve para nada en nuestro mundo, Rose. La verdad no paga las cuentas ni mantiene el estatus. Logan Christian era un peligro, un paria que no pertenecía aquí. Lo que hice fue un acto de misericordia para la familia Stewart. Solo ayudé a que las cosas volvieran a su cauce natural. Él era una mancha, una distorsión en la imagen de perfección que todos nosotros debemos proyectar. Rose se puso de pie lentamente, cada uno de sus movimientos cargado de un desprecio que parecía enfriar la habitación varios grados. —¿"Nuestro mundo"? —Rose repitió las palabras con una ironía letal—. Emily, hagamos una distinción clara antes de seguir. Yo nací en esta clase social. Blake nació en ella. Jagger nació en ella. Nuestros apellidos están grabados en la historia de esta ciudad. Tú, en cambio... tú has pasado los últimos diez años intentando entrar a codazos, usando a Chase como escudo y a Blake como tu escalera. Emily abrió la boca para protestar, pero Rose no le dio espacio para respirar. —Sé por qué lo hiciste. Siempre has querido lo que Blake tiene: el brillo natural, el amor incondicional de tus padres y, sobre todo, la devoción de Jagger. Te carcome que Jagger nunca te haya tomado en serio. Para él, eres solo un accesorio útil, alguien que está ahí para llenar el vacío, pero que nunca ocupará el centro de su vida. Por eso plantaste esa prueba de embarazo en el baño de Blake. Sabías que Jagger era impulsivo, que su único punto débil es la protección hacia su hermana. Sabías que, si él creía que el "rarito mañoso" de la cafetería la había tocado, Logan no saldría vivo de Chicago. —¡Hice lo que los Stewart no se atrevieron a hacer! —gritó Emily, la rabia finalmente rompiendo el dique de su miedo—. Los padres de Blake querían que Logan se fuera, pero eran demasiado educados para ensuciarse las manos. Yo solo les di la excusa perfecta. El dinero que pagaron por el tratamiento del padre de Logan fue el precio de su libertad. Grace firmó voluntariamente. Se llevaron el dinero y se largaron como las ratas que siempre fueron. Si Blake se entera, no solo destruirá su matrimonio, destruirá a sus propios padres. ¿Crees que Jagger le perdonará a su familia haber financiado el exilio de Logan mientras él se encargaba del trabajo sucio con los puños? Rose tomó su teléfono con calma y detuvo la grabación. Miró a Emily con una mezcla de lástima y asco, el tipo de mirada que se le da a algo que ha sido atropellado en la carretera. —Gracias, Emily. Realmente necesitaba que lo admitieras con esa falta de escrúpulos. Pero hay algo que tú, en tu infinita ambición, pasaste por alto. —Rose bajó la voz, volviéndola un susurro que cortaba como el hielo—. He estado investigando a los Rollings. Resulta que tu madre no es la exitosa agente de bienes raíces que todos creen. Su fortuna no proviene de comisiones inmobiliarias, sino de estafas financieras y de su pasado como dama de compañía de lujo para hombres de la alta esfera de Nueva York. Vaya, parece que tu "pureza de estatus" es tan falsa como tu lealtad. Emily se tambaleó, apoyándose en la mesa de mármol. El golpe había sido directo al corazón de su mayor inseguridad. —Tú... no te atreverías a decir nada —balbuceó Emily, sus ojos moviéndose frenéticamente—. Eso nos hundiría a todos. La reputación de Chase... —A Chase lo salvaré si decide ser honesto, pero a ti... a ti te voy a enterrar —sentenció Rose—. Tienes veinticuatro horas para confesarle a Jagger todo lo que hiciste hace diez años. Y más te vale ser convincente. Porque si no lo haces, no solo le enviaré este audio a Blake, sino que haré pública la verdadera biografía de tu madre. Destruiré tu apellido, tu estatus y cualquier posibilidad de que Jagger vuelva a mirarte sin ganas de vomitar. El estatus es tu oxígeno, Emily, es lo que te mantiene viva. Pues prepárate para empezar a asfixiarte. Emily se desplomó en el suelo, su elegante vestido de seda arrugándose bajo ella. Pero Rose no había terminado. —Y hay una cosa más, Emily. Algo que Jagger merece saber antes de que intentes mentirle de nuevo. Sé que la prueba de embarazo que dejaste en el baño de los Stewart no era de Blake. Era tuya. Fue tu intento desesperado por atrapar a Jagger para siempre, ¿verdad? Y cuando viste que él no se comprometía, simplemente te deshiciste del "problema" y usaste el residuo para destruir la vida de tu mejor amiga. Un aborto secreto y una traición magistral. Eres un monstruo mucho más grande de lo que imaginé.El silencio que siguió fue absoluto. Emily ni siquiera lloraba; solo emitía un sonido seco, como si se estuviera ahogando en su propio veneno. Rose se dio la vuelta y salió del ático, sus pasos resonando con una autoridad que Emily nunca tendría.
Al bajar al garaje y entrar en su auto, Rose cerró la puerta y permitió que el aire acondicionado limpiara sus pulmones. Se quedó mirando el volante, sus manos temblando ligeramente por la adrenalina. Había desenterrado tanta suciedad que sentía que necesitaba una ducha de agua hirviendo. Suspiró, sacó un segundo teléfono de la guantera y marcó un número guardado bajo un alias. Al tercer tono, la llamada fue atendida. La voz al otro lado era profunda, ronca y cargada de una madurez que no tenía hace diez años. —¿Diga? —Logan —dijo Rose, arrancando el motor del vehículo—. Soy Rose. Tú y yo tenemos que hablar. Blake está en Nashville, probablemente buscando respuestas en los lugares equivocados. Hubo un silencio prolongado al otro lado de la línea. Rose podía escuchar la respiración contenida de Logan, el hombre que ahora movía los hilos de la industria musical pero que, en algún lugar profundo de su alma, seguía siendo el chico que lo perdió todo en una noche. —Ella no debería estar aquí, Rose —respondió Logan finalmente, su voz como el granito—. El contrato sigue vigente. —El contrato se está quemando, Logan. Emily Rollings está a punto de caer y se llevará a muchos con ella. Pero antes de que Blake llegue a tu puerta, necesito que me hagas un favor. Uno que le debemos a la chica que ambos amamos, aunque haya sido de formas distintas. —Dime qué necesitas —dijo Logan, y Rose supo por su tono que el magnate estaba listo para la guerra. Rose sonrió con amargura mientras salía a las calles iluminadas de Chicago. —Necesito que la encuentres primero. No dejes que lea ese sobre sola. ios segundos en comprender que, en algún momento de mi trance, había estado pensando en voz alta. El pánico y la euforia lucharon en mi pecho. Iba a morir de amor... pero antes, definitivamente, iba a morir de vergüenza






