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CAPÍTULO VIII - El arte de las segundas oportunidades

Logan Christian

El éxito en Nashville no suena a música country ni a aplausos en el Grand Ole Opry; suena al zumbido eléctrico de mi oficina cuando el resto del mundo se ha ido a dormir. Me quedé mirando el reflejo de mi iPad sobre el escritorio de caoba. La videollamada con Rose seguía activa, y su rostro, enmarcado por las luces gélidas de Chicago, parecía el de un estratega militar antes de una invasión.

—Tienes que hacerlo, Logan —insistió Rose. Su voz, filtrada por los altavoces de alta fidelidad, sonaba como un látigo—. He ganado tiempo, pero Emily Rollings es una rata acorralada, y las ratas muerden cuando se ven en el abismo. Blake tiene el sobre azul en su poder. Si lo abre ahora, sola en una habitación de hotel, el impacto la destruirá. Se sentirá traicionada por sus padres, por Jagger, por Chase... y por ti. Regresará a Chicago y se casará con ese imbécil solo para no tener que sentir nada más.

Apreté el puente de mi nariz, cerrando los ojos. El dolor de cabeza punzaba detrás de mis sienes. Mis manos, las mismas que ahora movían los hilos de una industria multimillonaria, temblaban ligeramente.

—¿Y pretendes que la retenga aquí dos semanas? —pregunté con una amargura que sabía a bilis—. ¿Cómo, Rose? Después del espectáculo de ayer en la oficina, debe de odiarme. Vio en lo que me he convertido: un hombre frío rodeado de muros. Y lo peor, vio a Grace. Vio en lo que mi hermana se transformó para protegerme.

—Precisamente por eso —me corrigió Rose con una frialdad implacable—. Haz que se quede. Dale una razón para no abrir ese sobre todavía. Invéntate una consultoría, usa esa maldita discográfica. Blake es la mejor editora creativa de Chicago; su instinto para las letras es una brújula infalible. Dile que la necesitas. Si alguna vez quisiste recuperarla, este es tu momento, Logan. Pero no dejes que lea ese contrato sola. Necesitamos que la verdad salga a la luz cuando ella esté lo suficientemente fuerte para no salir corriendo.

La llamada se cortó, dejándome en el silencio sepulcral de Music Row. Nashville se extendía tras mi ventanal, vibrante y llena de neones, pero yo me sentía como aquel adolescente que limpiaba máquinas de café y contaba las monedas para el autobús. No perdí tiempo. Sabía que Blake no se rendiría fácilmente, pero también sabía que el encuentro de ayer la había dejado herida.

Llegué al hotel boutique justo cuando el sol empezaba a teñir el cielo de un naranja violento, como una herida abierta. La vi salir por la puerta giratoria. Llevaba unos vaqueros ajustados y una gabardina ligera que el viento de Tennessee agitaba con suavidad. Se veía... devastadoramente igual. El tiempo le había dado una elegancia madura, una forma de caminar que gritaba seguridad, aunque yo sabía que por dentro estaba lidiando con fantasmas.

—Blake.

Ella se detuvo en seco. Sus ojos celestes, los mismos que me habían perseguido en cada noche de insomnio durante diez años, se clavaron en los míos. El ruido de los motores y las risas de Broadway desaparecieron.

—Logan —susurró. Su voz fue una caricia dolorosa que me recordó por qué nunca pude mirar a otra mujer—. ¿No fue suficiente con el espectáculo de ayer? Creí que tu hermana había dejado claro que mi presencia ensuciaba tu imperio.

—Esa fue Grace, no yo —dije, dando un paso cauteloso, como quien se acerca a un animal herido—. Antes de que me eches de aquí, ¿me permitirías invitarte a desayunar? Hay un lugar a unas calles que hace un pie de limón casi tan bueno como el que solías pedir en la cafetería. Casi.

Blake apretó la correa de su bolso. Vi la lucha interna en sus pupilas: la novia que debía regresar a Chicago contra la chica que necesitaba respuestas. Al final, la curiosidad de la editora ganó. Caminamos en un silencio cargado de electricidad estática hasta una pequeña cafetería rústica, lejos del bullicio turístico.

Nos sentamos en una mesa al fondo, bajo una luz tenue que acentuaba las facciones de su rostro. Ella me observaba con una sospecha que me quemaba la piel.

—¿Qué quieres de mí, Logan? —preguntó, dejando su taza de café intacta—. No has cruzado media ciudad solo para hablar del clima.

—Quiero que me ayudes —solté, lanzando el anzuelo—. Tengo un problema en la discográfica. Estamos produciendo el álbum de una nueva artista, pero las letras son vacías, prefabricadas. Les falta esa... verdad visceral que solo alguien con tu ojo crítico puede encontrar. Necesito una consultoría de dos semanas.

Blake soltó una risita increíblemente amarga. —¿Me estás pidiendo que trabaje para ti? Logan, me caso en un mes. He venido a Nashville a cerrar una puerta, no a decorar tu oficina. Y después de cómo me trató tu hermana ayer... —Su voz tembló y vi cómo sus dedos se cerraban sobre la mesa—. Grace fue agresiva, Logan. Me miró como si yo fuera la peste que destruyó a su familia. No es seguro para mí estar allí, y dudo mucho que ella me quiera revisando tus proyectos.

Me tensé. Recordar la mirada de odio de Grace hacia Blake ayer en la oficina me revolvía el estómago. Mi hermana era una leona herida que no distinguía entre aliados y enemigos cuando se trataba de mi pasado. —Yo me encargo de Grace —respondí, tratando de que mi voz no flaqueara.

Mentira. En mi mente, Grace era una tormenta indomable. Ella no era la chica de veintiún años que se sacrificó por nosotros; se había convertido en una mujer endurecida que veía en Blake a la culpable de cada cicatriz, de cada noche de hambre, de cada humillación que sufrimos al huir de Chicago. No tenía ni la menor idea de cómo contenerla. Grace era capaz de incendiar Nashville con tal de "protegerme" de la mujer que, según ella, nos arruinó la vida.

—¿Seguro? —insistió Blake, escrutando mi rostro con esa inteligencia que siempre me desarmó—. Porque ella no parecía dispuesta a recibir órdenes tuyas cuando se trata de mí. Me da miedo lo que pueda pasar si me ve allí todos los días. Siento que en cualquier momento va a saltar sobre mi cuello.

—He cambiado, Blake —dije, inclinándome hacia ella, permitiendo que mi perfume, una mezcla de sándalo y lluvia, llenara el espacio entre ambos—. El hombre que tienes enfrente decide quién entra y quién sale de su vida. Grace tendrá que aceptarlo. Te daré tu propio espacio, no tendrás que cruzarte con ella. Ayúdame con esto y te contaré todo lo que quieras saber. Sin secretos. Sin contratos. Solo la verdad.

Pasamos la mañana entre anécdotas. Reímos con chistes internos de nuestra adolescencia, recordando a Jagger y sus desastres, o a Emily y sus pretensiones. Por un momento, el anillo de compromiso en su dedo pareció desvanecerse. Pero la tensión sexual era un tercer invitado en la mesa; cada vez que nuestras manos rozaban el azúcar o nuestras miradas se encontraban por más de un segundo, el aire se volvía denso, casi sólido. Era el mismo fuego de hace diez años, pero ahora alimentado por el resentimiento y el deseo prohibido.

—Acepto, Logan —dijo ella finalmente, con una chispa de desafío—. Dos semanas. Pero si Grace intenta algo, o si siento que me estás ocultando algo más, me largo. Y me llevo las respuestas conmigo.

—Me conformo con el trato, Blake —respondí, sintiendo un alivio momentáneo que sabía a peligro.

La acompañé de regreso al hotel. El silencio ahora era diferente, más expectante. Justo antes de llegar a la entrada, Blake giró la cabeza para decirme algo, pero su tacón se enganchó en una grieta del pavimento.

—¡Ah! —exclamó, perdiendo el equilibrio.

Mi reacción fue instintiva. La rodeé con mis brazos antes de que sus rodillas tocaran el suelo. La atraje hacia mi pecho con una fuerza que me sorprendió incluso a mí. Blake jadeó, apoyando sus manos en mis hombros para estabilizarse.

Nos quedamos así, en medio de la acera, el tiempo detenido. Su rostro estaba a centímetros del mío. Podía sentir su respiración errática golpeando mi cuello y el aroma de su perfume —vainilla y algo que recordaba a las mañanas de Chicago— inundando mis sentidos. Sus ojos celestes buscaron los míos, cargados de una confusión que reflejaba la mía. Mis manos, firmes sobre su cintura, no querían soltarla. Sentí el calor de su cuerpo contra el mío, una conexión eléctrica que diez años de distancia no habían logrado enfriar. El mundo podría haberse derrumbado en ese instante y yo no me habría movido.

—Estoy bien... —susurró ella, aunque no hizo ningún intento por separarse de inmediato.

—Lo sé —respondí, mi voz sonando más grave de lo habitual—. Pero no voy a dejar que te caigas. Nunca más.

La tensión entre nosotros era casi insoportable, un hilo a punto de romperse. Lentamente, la ayudé a ponerse en pie, pero mis manos permanecieron un segundo de más en su cintura antes de soltarla. Ella se aclaró la garganta, notablemente afectada, y se colocó un mechón de pelo tras la oreja.

—Nos vemos mañana en la discográfica, Logan —dijo con la voz entrecortada.

—A las nueve, Blake. Mi chófer te recogerá.

La vi entrar al hotel, su silueta perdiéndose tras las puertas de cristal. Me quedé allí, en la acera, sintiendo el vacío donde antes estaba su cuerpo. Saqué mi teléfono y le escribí a Rose con dedos torpes: "Acepto. Pero la tensión es insoportable y Grace es una bomba de tiempo. Date prisa con Emily, Rose. Si no destruyes a los Rollings pronto, no podré mantener esta mentira mucho más tiempo".

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