Graciela salió al pasillo con el pulso acelerado. Apenas tuvo un respiro lejos de sus remordimientos, sacó su teléfono y marcó el número que más temía.
—Camelia… —su voz era un susurro tembloroso—. No sabes en qué lío me he metido. Aurora me está exigiendo un bebé… dice que, si no consigo uno hoy mismo, me destruirá. No puedo, esto es imposible.
Del otro lado de la línea, reinó un silencio inquietante, hasta que Camelia soltó una risita cruel.
—Ay, Graciela… —respondió con una calma que la doctora envidió y odió al mismo tiempo—. ¿Y para qué te preocupas? Aurora siempre dramatiza. Justo hoy he estado en el nacimiento de una niña preciosa. Sana, perfecta… un ángel.
Graciela se quedó sin aire.
—¿Qué… qué estás diciendo?
—Que el destino está de nuestro lado, querida —contestó Camelia con una sonrisa que se adivinaba a través de su tono—. La madre… bueno, no tiene recursos, ni apoyo. La bebé no será reclamada, créeme. Y si lo fuera, yo sabría cómo desaparecer cualquier rastro.
—¡Dios mío,