Harto del caos que lo estaba consumiendo, Asher estaba decidido a regresar a su apartamento. Ahora más que nunca necesitaba aquellos brazos que siempre lograban calmarlo.
—¡No te atrevas a cruzar esa puerta! —la voz de Camelia retumbó.
Él se giró, con la paciencia hecha trizas.
—¿Y para qué? Ya tuve suficiente de este circo. No sé qué demonios pretenden, pero hoy no me joderán más.
Sin importarle los gritos de su madre Asher salió de la habitación, camino con rapidez, subió a su auto y condujo a